Vida

Para esquivar el paro o por principios: jóvenes de ciudad que se mudan al campo

Hablamos con jóvenes que se criaron en ciudades y ahora se han mudado al medio rural:

· "He vuelto al pueblo de mi abuelo, que para mí es lo más grande”

· “Me preguntaban si estaba loca por tener pensado irme a vivir aquí"

Hablamos con jóvenes que se criaron en ciudades y ahora se han mudado al medio rural:

· "He vuelto al pueblo de mi abuelo, que para mí es lo más grande”

· “Me preguntaban si estaba loca por tener pensado irme a vivir aquí"

Son jóvenes, han nacido, crecido y estudiado en ciudades, pero por motivos profesionales se han mudado a un pueblo. Son la antítesis a la entrañable historia de ese muchacho que con dieciocho años le toca coger la maleta y dejar atrás su pueblo para empezar una aventura universitaria en la temida, pero emocionante, gran ciudad. Sus historias son un tanto excepcionales, porque, a pesar de que cerca del 75% de la superficie en España se considere rural, en torno al 80% de la población se concentra en entornos urbanos. Y porque prácticamente todo el trabajo cualificado de España se concentra en Madrid. La tendencia mundial no muestra ningún atisbo de cambio y las ciudades grandes posiblemente sean… cada vez más grandes.

¿Qué le lleva a un joven urbanita a cambiar, y nunca mejor dicho, de aires? ¿Qué se siente al vivir en un municipio cuya población bien podría caber en un par de vagones de Cercanías? ¿Por qué coger un desvío de una autopista de circunvalación y adentrarse en sinuosas, estrechas y parcheadas carreteras comarcales? Uno de los motivos es acceder a oportunidades laborales en sectores difíciles de encontrar en un entorno más urbano, como lo es el agroalimentario. Este es el caso de Miquel Urdina. Este joven, de 35 años y originario de San Cugat del Vallès, dirige la denominación de origen Sierra de Salamanca y lleva diez años viviendo a novecientos kilómetros de distancia de sus orígenes, en Mogarraz – pueblo salmantino de unos 300 habitantes –: “Trabajaba en una bodega en Lleida. También era medio rural, aunque algo más poblado. En ese momento me dijeron que necesitaban a una persona para trabajar en la Sierra de Francia. Lo vi como una posibilidad de conocer algo diferente un par de meses, pero esos dos meses se alargaron bastante”, comenta entre risas Miquel.

La escuela rural y las interinidades

Otra ruta clásica hacia la rural viene de mano de la enseñanza y las escuelas rurales públicas. Y Diana Fernández lo conoce de primera mano. Esta vallisoletana de veintinueve años solo ha trabajado unos pocos meses en su ciudad natal. El resto de su trayectoria profesionalidad la ha pasado encadenando interinidad tras interinidad con el objetivo de ir sumando puntos y poder acceder algún día a una plaza fija. Miranda de Ebro, Santa Colomba de la Vega (municipio leonés de unos 250 habitantes), Cilleruelo de Abajo (Burgos, 250 habitantes) y Quintanar de la Sierra (Burgos, 1800 habitantes) han sido sus destinos: “Cada pueblo es diferente. Miranda es una ciudad con un colegio grande. En Cilleruelo estaba bien, pero me costaron los últimos meses porque trabajaba sola. En Santa Colomba sí que tenía un compañero, pero el mejor está siendo este año, porque somos diez interinos jóvenes y la mayoría vivimos en Quintanar”.

El miedo a sentirse solo es una de los principales cuestiones a la hora de plantearse ir a vivir a un entorno rural. Elena es una joven psicóloga que acabó trabajando y viviendo en un conocido pueblo cacereño* tras varias y diversas experiencias profesionales. En sus primeras visitas a este municipio de tradición agraria iba y venía en un coche que compartía con algunos funcionarios públicos del pueblo que vivían en Cáceres: “Me preguntaban si estaba loca por tener pensado irme a vivir aquí. Ellos hasta habían apostado a ver quién aguantaba más”. Una visión de los pueblos diametralmente opuesta a la de Diego Hernández, madrileño de veinticinco años que tras haber estudiado Geografía y Ordenación del Territorio se fue a su a vivir al pueblo de su familia, La Matilla (municipio segoviano de unos cien habitantes): “Fue algo progresivo. En bachillerato vine más fines de semana. En la carrera hice las prácticas aquí, de manera que venía miércoles, jueves y viernes y los lunes y martes iba a clase. Y cuando acabé el último examen cogí todas las cosas y me vine de golpe a vivir”.

Para Diego, volver al pueblo familiar es una suerte de compromiso con sus orígenes: “Es la tierra de mi familia, de mi abuelo, que para mí era lo más grande. Estar aquí y levantar esto ejerce un peso muy grande en mí”. La ventaja de Diego es que ya conocía el terreno, experiencia bien dispar a la de Miquel: “No conocía mucho Castilla y León y me imaginaba vastas extensiones de terreno llanas con mucho viñedo. Cuando llegué a la Sierra de Francia me quedé alucinado. No me esperaba una zona tan montañosa y verde”, aunque añade que el cambio en algunos aspectos sí que fue más brusco: “Son pueblos mucho más pequeños de lo que esperaba. Para mí Sant Cugat era casi un pueblo, pero ahora vivo en Mogarraz que tiene 150 habitantes”.

Para Diana sentirse aislada es, al mismo tiempo, una ventaja y un inconveniente. Por un lado le agrada la tranquilidad y no enterarse de más que de lo necesario, pero también agradece estar rodeada de gente joven: “Ya me tocaba tener compañeros jóvenes… Ahora todos los días tengo plan, quedamos a tomar algo o pasear por la sierra. Estoy muy bien”.

¿Es fácil vivir en un pueblo para un joven?

España va camino de ser uno de los países más envejecidos del mundo y desde Europa se alerta del peligro que corren las zonas rurales, donde el envejecimiento acecha aún con más dureza. Esto favorece que muchos municipios vayan quedando vacíos y que hasta la mitad de pueblos corran el riesgo de desaparecer en un futuro próximo. La fotografía de Cristina García Rodero en la que aparece un anciano sentado en la puerta de su casa es un retrato con una enorme dosis de realidad, que bien podría ser (y es) la estampa de cualquier pueblo del interior de España. El tiempo parece haberse parado en la España rural, pero un puñado de medidas procedentes de fondos europeos trata de revitalizar esa forma de vida.

Este fue el escenario que se encontró Miquel cuando llegó a Sierra de Francia: “Tuve suerte en mi llegada porque conocí un grupo de gente muy similar a mí: jóvenes que habían llegado a trabajar con ayudas europeas. De modo que en los primeros días conocí a quince personas de mi edad, mismo perfil académico y no fue lo mismo que ir a un pueblo sin algo así”. También una ayuda europea permitió encontrar un primer trabajo en su pueblo a un Diego que se muestra positivo respecto a la llegada de jóvenes a La Matilla: “Es una bola de nieve. Ahora mismo, en mi pueblo, en un rango de edad entre veinte y treinta años, somos tres. Cuando yo llegué solo había uno. Como me vine, otro vio que era posible y ahora está encantado. Creo que es algo que puede ir a más”. Añade que los fines de semana se mueven por otros pueblos de la zona donde tienen más amigos: “Además, los fines de semana viene mucha gente y en verano aún más, aunque tampoco puedes estar todo el día de fiesta. También hay que hacer tareas”.

Diferente situación es la de Elena, que se mudó junto a su pareja: “Mi novio oposita, por lo que podía estudiar aquí o en una ciudad”. Sin embargo, su vida entre semana en ocasiones se reduce a ir del trabajo a casa y viceversa, algo que cree que está muy extendido entre la gente del pueblo: “Aquí la gente vive de la agricultura y luego se mete en su casa”. Esta percepción la comparte Miquel, con ciertos matices: “Los primeros inviernos los recuerdo bastante duros. Sobre todo hasta que te acostumbras, porque es una época de estar en casa, disfrutar de lo trabajado durante el año, estar tranquilo, leer, escuchar música… Hasta que llega la primavera que es cuando vuelve a haber más movimiento, también en las relaciones personales”.

 ¿Y la ciudad?

Elena reconoce que casi todos los fines de semana se vuelve a Cáceres o Salamanca, donde se reencuentra con la ciudad: “Me lo tomo como una ciudad dormitorio, como la gente que vive a las afueras de Madrid”. Diana también regresa a Valladolid todos los fines de semana, siempre y cuando la meteorología se lo permita, y a pesar de tardar dos horas en coche: “Me quedé solo un fin de semana en Quintanar porque nevó. Estuvo bien, fue más tranquilo, aunque el domingo nos fuimos a Burgos”, reconoce entre risas la maestra. Aún más distancia es la que separa a Miquel de sus orígenes, lo que dificulta su vuelta por periodos cortos de tiempo, aunque a decir verdad tampoco parece que lo eche en exceso de menos: “Las ciudades me gustan mucho, pero para unos días. Voy cuatro días a Barcelona y me lo paso pipa, veo toda la oferta que hay, pero al final necesito ver un poco más de verde”.

Más tajante es Diego, que reconoce no echar en nada de menos la ciudad, lo cual no significa que no salga de ahí: “Yo no soy un ermitaño radical, ni voy contra todo el planeta […] Estoy a una hora de Madrid y a media de Segovia. No soy muy derrochador, tampoco es que tenga una economía muy boyante, pero no creo que haya que estar siempre en un centro comercial. Es un consumismo extremo. Yo voy una vez al mes o cada dos meses y voy a tiro hecho”. Diana reconoce que tampoco echa de menos las tiendas, porque así tampoco gasta, algo que también comparte Elena, que se mostró sorprendida al ver el precio de la vivienda, muy similar al de cualquier piso en Cáceres. Diana, por su parte, tampoco lo esperaba: “Aquí, en Quintanar, se cuelgan un poco con el precio del alquiler porque saben que va a haber mucho interino. Por ejemplo, en mi piso me dijeron un precio, pero si lo compartía con alguien me subían el alquiler. No es algo aislado, lo hacen todos porque saben que va a haber interinos”.

No soy muy derrochador, tampoco es que tenga una economía muy boyante, pero no creo que haya que estar siempre en un centro comercial”

Diego Hernández

¿Para unos meses o para una vida?

Elena es la más clara de todos: “No me veo aquí ni a corto ni a largo plazo. Si mi novio sacara plaza, me movería […] Otra cosa es que me llames dentro de un año y siga aquí (risas)”. Tampoco se imagina en un gran núcleo urbano como Madrid o Barcelona: “Aquí la calidad de vida es la tranquilidad, pero prefiero la tranquilidad de Cáceres, que ni es Madrid ni es un pueblo”. Diana, por su parte, baila en una escala de grises: “No sé si viviría en un pueblo. Preferiría ciudad o pueblo del extrarradio. No me veo en un municipio pequeño de trescientos o quinientos habitantes porque al final dependes del coche para todo”. Pero desde un punto profesional se muestra más dubitativa: “Me gustaría más trabajar en un pueblo, porque en las capitales te acomodas mucho y haces menos cosas. En los pueblos eres más activa en el colegio y hay más interinos, que dan vida y movimiento. Casi todos mis compañeros opinan lo mismo”.

Diego se muestra claro y tajante, a pesar de ser consciente de que quizá se esté complicando la vida en ciertos aspectos: “Mi principal objetivo es no tener que irme de aquí. Un joven normal se hubiera vuelto a Madrid, porque yo he estado mucho tiempo en paro. He trabajado de lo que he podido: leñador, albañil agricultor… Porque quiero que no se mueran los pueblos, pero si me voy a Madrid estoy siendo poco consecuente”. Miquel tampoco ve nada claro volver a la vida de urbanita: “Me costaría mucho volver a vivir en una ciudad… El ritmo de las ciudades me acaba estresando, aunque vaya de vacaciones […] Mi balance aquí es positivo”.

*Se ha omitido el apellido de Elena y el nombre del pueblo para proteger su anonimato.

  • Álvaro García

    Por Álvaro García

    Periodista. Ahora, obsesionado con las únicas celdas que no nos hacen menos libres: las de Excel. Los datos también pueden ser divertidos o, por lo menos, eso trataré de demostrar por aquí.

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