Vida

Así copié durante años en los exámenes y jamás me pillaron

Hoy quiero confesar:

· Que el sistema me hizo así y no me arrepiento

Hoy quiero confesar:

· Que el sistema me hizo así y no me arrepiento

Mientras existan profesores que se empeñen en esa medieval costumbre de calificar los conocimientos del alumno por medio de pruebas estresantes e innecesarios exámenes, los estudiantes veteranos debemos transmitir nuestra sabiduría ‘chuletil’ de generación en generación, como se ha hecho desde que el mundo es mundo.

Desde el rudimentario bolígrafo serigrafiado hasta un iPod, esta es la cronología e historia de cómo copié en los exámenes durante muchos años de mi vida sin jamás ser descubierto:

Level 1. “Las flores que crecían en la basura”.

Lo más básico eran las listas en la mesa. No era algo propio, ni yo mismo lo patenté, pero ciertamente ejecutaba a la perfección los pasos. Había un componente básico en todo aquel acontecimiento que empezaba días antes del examen: la inmovilidad. Para convertir los proyectos en un éxito, que tu pupitre fuera siempre tu pupitre era básico y por tanto todo plan era anulado si te trasladaban durante el día del examen.

La liturgia comenzaba días antes, garabateando tu mesa con mierdas de todo tipo. Líneas absurdas, dibujos obscenos y penes a tutiplén. Aquellos dibujos aparentemente inofensivos cumplían su función de refugio, despistando al profesor y brindándome la oportunidad para apuntar todas esas frases claves con las que enriquecer mi texto, aquella salvaguardia a los “enumera y explica” o el índice de aquel movimiento literario que me fue imposible aprender de cabeza. Por no hablar de las miles de fórmulas matemáticas que mis compañeros se apuntaban en las manos y que daban el cante incluso al salir del examen: novatos. Mi técnica era infalible ¿qué profesor iba a ponerse a revisar lo que había escrito en una mesa llena de garabatos absurdos? Eso sí, aquella mirada de reprobación que traslucía un “vaya mesa, pero qué cerdo eres” no me la quitaba nadie.

“La Vane (L) Jesús 13.9.1993”

Level 2. “El don de la oportunidad”.

Otra técnica que me funcionó a las mil maravillas era la que llamaré “el cambiazo simpático” y que tenía mucho de saber esperar la oportunidad. La técnica cubría todas las posibles fisuras y su preparación era sencilla: un folio (blanco o con membrete propio del honorable instituto-universidad donde huías de las responsabilidades) y un lapicero. Era importante jugar con la mente de los profesores, por tanto, escribir las cosas por el reverso de la hoja era clave. Apuntaba las definiciones clave con el lápiz más claro que tenía y mientras repartía las hojas a mis compañeros (momento máximo de debilidad docente) sacaba la hoja en blanco (llena de apuntes al reverso) y la colaba entre los otros folios.

Fui depurando la técnica durante años. Sin duda lo que me aseguraba el éxito era comenzar mi examen como si nada pasara y hacerme invisible para el profesor. Una vez llegaba ese momento, daba la vuelta a mi hoja escrita a lápiz, imposible de detectar desde la posición del profesor, y leía lo que necesitaba. Según avanzaba mi lectura, borraba el texto. Vale, admito preguntas: ¿Y si el profesor firmaba las hojas? Pues mira, un poco espabilado sí que tenías que estar, y en un examen siempre había tiempo para guardar la hoja sin garabato en la cajonera.

Nada por aquí, nada por allá.

Level 2,5. “La prueba del pañuelo”.

En los exámenes con miles de fórmulas la técnica del pañuelo era infalible. Recuerdo que aquello comenzó a funcionar cuando comprendí que en la normalidad estaba el éxito, en no destacar, en lo extravagante. La gente utilizaba retorcidos trucos para tratar de copiar, así que quién sospecharía que una persona podría hacerse las chuletas en el reverso de un pañuelo de los mocos. Era tan descarado que nadie sospechaba. La cosa empezó muy sutil, con unas cuantas notas (siempre a lápiz, lección primera) y evolucionó todo lo que permitía aquellos 20 centímetros cuadrados llenos de dobleces. Sonarse los mocos y mirar el papel era algo usual en la época de la ESO, nadie entendería que aquello era una chuleta. Muy útil para detalles concretos, pero imposible para copiar un tema al completo. Reservé aquel truco exclusivamente para los exámenes basados en intrincadas fórmulas.

copiar pañuelo

Fotografía vía: lawebdelestudiante.es

Level 3. “Mi amigo iPod Nano”.

Mi más brillante estratagema. En la época que me tocó ser estudiante, lo más inteligente que podías llevar en la muñeca eran los Casio con calculadora, así que nadie sospechaba excesivamente de mi nuevo reloj.

Hace 7 años Apple presentaba el iPod Nano de sexta generación. Por aquel entonces me fascinó aquel aparatejo y desembolsé algo más de 140 euros por tenerlo. Me dolieron, innegablemente, pero muy pronto descubrí todas sus bondades: carátulas de discos que se descargaban automáticamente, un sonido perfecto, practicidad gracias a su clip, y la posibilidad de incluir las letras de las canciones. Esto último habría pasado bastante desapercibido de no ser porque Apple decidió vender unas preciosas correas para camuflar el iPod como un reloj digital de gran tamaño. Fue entonces cuando me hice con una y encontré un filón.

Las letras de las canciones se convirtieron en temarios enteros en mi muñeca. Además, esconder que copiaba mientras escribía era sencillísimo: sujetaba el folio con mi mano izquierda con un precioso reloj en la muñeca, y a la par escribía mientras observaba la pantalla del iPod.

La dificultad de aquello residía en el tedio que suponía transcribir las interminables lecciones para copiarlas al apartado dedicado a las letras de canciones. Con el paso del tiempo fui mejorando el sistema y organizando los temas, sustituyendo el nombre de las canciones por los enunciados de las diferentes lecciones. Una técnica depurada que salvó más de una asignatura.

Bonus track:

La cuarta manera que más me ayudó a aprobar es un clásico que descubrí cuando un amigo me prestó su boli BIC y reparé en los excepcionales grabados de su superficie. En ellos y tras enfrentar a la luz una de los lados del hexágono característico se podía leer claramente los apuntes de alguna lección grabados con algo punzante. No tardé en llegar a casa y probar, con la precisión que me brindaba la aguja de mi compás, el truco robado, inscribiendo en el hexágono un índice que sería de una inestimable ayuda el resto de mis días.

  • Eslang

    Por Eslang

    Se escribe con e. Se nos da mejor contar historias que ponernos nombre.

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