Vida

8 verdades viejóvenes que comprendí al cumplir los 30

Cuando tu momento cumbre de la semana son las noches de los viernes:

· Pero para pasarlas en el sofá

Cuando tu momento cumbre de la semana son las noches de los viernes:

· Pero para pasarlas en el sofá

Basado en un testimonio real. El mío. Hace unas semanas cumplí 30 años, he alcanzado esa temida cifra, y al contrario de lo que esperaba, o de cómo muchos energúmenos quieren que me sienta (“vamos pa’rriba, ¿eh?”), he abrazado con toda devoción la sabiduría que llevo ya un tiempo cultivando. A esto se le llama ser viejoven, y además reconocido. Soy un poco viejo desde que nací, para qué os voy a engañar, pero desde hace un par de años he aprendido a liberarme de prejuicios y a aceptar mi apacible intuición de señor mayor. No me miréis raro. Esto, como la muerte, no perdona a nadie, y para que comencéis a entender todos los cambios que os conducirán al viejovenismo completo, os dedico estas ocho verdades personales.

“Hoy voy a salir con las deportivas cómodas”

Que estéis hoy leyendo este testamento se lo debéis a mis deportivas. Mi condición viejuna es de sobra conocida y a nadie le pilla por sorpresa, pero que mis decisiones de estilo últimamente se decanten solo por la opción cómoda es un punto de no retorno.

Aceptémoslo: al igual que tenemos ropa interior para f***** y ropa interior para estar por casa, tenemos playeras para vestir y otras para salir a comprar el pan. Pueden ser más o menos feas y viejas (casi siempre más), pero, sobre todo, y más importante, son muy cómodas. El problema llega cuando usas estas segundas para todo, sin medida ni interés estético, y llegará, creedme, antes de lo que pensáis.

“Me voy ya, que mañana quiero aprovechar las horas de sol”

Cuando superas los 30 asimilas una verdad universal: la vida es demasiado corta para pasarla de resaca en resaca, sobre todo cuando reponerse de una noche de fiesta es una difícil hazaña de dos o tres días. Ya me lo aconsejó en los 20 una amiga –ella, siempre responsable, se retiraba un rato antes que los demás para “aprovechar el domingo”–, y aunque me ha costado diez años entenderlo todo, ya no hay excusa que me impida acostarme un viernes antes las 02 AM. Si es invierno, porque los humanos también tenemos que hacer la fotosíntesis, y si es verano, porque el Retiro está demasiado bonito como para pasarse un domingo aferrado al Ibuprofeno.

sol

“¿Botellón de cumpleaños? Paso: picnic en el Retiro”

Otro rito de paso del millennial senior es ese: aceptar que, a falta de Central Park, el Retiro (cámbiese por el corazón natural de la ciudad de cada uno) va a ser vuestro nuevo happy place. No tengo explicación científica al respecto, pero el calor y el verde nos atraen como la luz azul a los mosquitos. Y se convertirá, cómo no, en el lugar preferido para celebrar todos los eventos posibles, entre ellos vuestro cumpleaños. Esos botellones salvajes tras los que tenían que llevaros a casa o aguantaros la cabeza en la vomitona quedaron atrás. El sacramento de rigor es el picnic, a veces precedido de una gymkana u otra actividad de asueto para desengrasar las articulaciones.

“¿’Booty call’ o desayunar en el McDonalds?”

El que toca ahora es uno de los dilemas más dolorosos de todos a los que me he enfrentado en estas tres décadas de existencia. Para que decidas que después de una noche de fiesta prefieres desayunar en el McDonalds a echar un p**** se tienen que combinar varios factores, como el haber dejado de ligar en la discoteca con facilidad (pongamos “con facilidad” con muchas comillas) y el hecho de que tu gula se haya zampado tu libido y tus ganas de booty call. Si eres una persona de bien y tienes un sueldo decente (pongamos “decente” con muchas comillas) puedes rematar el desayuno con un taxi a casa, que ya has sufrido muchas horas de pie.

“Cambio Gandía Shore por retiro espiritual (con varios libros en la maleta)”

“¿Qué le estará pasando al probe Miguel, que se está convirtiendo en ermitaño?”. Que sirva este guiño chanante a Triana Pura como botón de muestra de mi desactualización generacional, pero sobre todo como metáfora de mis vacaciones soñadas. No hace tanto mi único anhelo estival era curar el coma etílico de una semana en una hamaca del hotel Natali o en la playa bajo el sol de Gandía, pero mi señor interior hoy demanda nuevas experiencias. Como la de retirarse a lo Henry Thoreau a un enclave alejado del mundanal ruido con un par de libros en la maleta. Hasta me estoy planteando viajar solo. O mejor-peor: apuntarme a una agencia de viajes single.

“Ponme algo sin gas ni cafeína. Mejor agua. En jarra”

Llegará un día, pequeños veinteañeros, en que las digestiones serán vuestra gran preocupación diaria. Sobre todo las nocturnas. Si seguís mi estela de degradación personal, algo que deberíais evitar, despedíos de la Coca-Cola, un lujo que tendréis que reservar solo para ocasiones de postín. Las bebidas con gas y cafeína se han convertido en mi principal enemigo, no solo porque necesito atarme al suelo para no salir volando como un globo, sino porque la cafeína, sea placebo o no, no me deja dormir. Yo me pediría Nestea, pero me dijeron que tiene otra cosa chunga, la teína, y mira, paso también. ¡Qué hay más sano que el agua! Pero siempre en jarra, que es más barato.

“Pilla la entrada de asiento, que no quiero morir aplastado”

Cuando ves tu primer concierto sentado, tu vida ha cambiado para siempre. Es otra de esas difíciles decisiones existenciales para las que ya no hay vuelta atrás; la tranquilidad, la comodidad y, por encima de todo, tu seguridad e integridad física son de pronto intereses prioritarios, también a la hora de ver actuar a tus cantantes favoritos. ¿Durante cuántos años nuestro fanatismo juvenil nos hizo arriesgar el pellejo en aquellas pistas abarrotadas de adolescentes histéricos? ¡La de desgracias que podrían haber pasado! No hay privilegio viejoven como el de ir a un concierto como siempre debería haber sido: sentado, y con abanico si el clima lo requiere.

“Al gimnasio, ni de coña. Andar rápido después de las comidas”

No confundáis esto como una defensa del sedentarismo, para nada, tomáoslo como un canto a la libertad individual, tal vez el único consejo útil que podréis rastrear en esta autobiografía. Un día una persona muy sabia me recomendó que dejara de sufrir por ir al gimnasio y aceptara que las mancuernas no son lo mío. Que no me gusta, hombre, y no pasa nada. El problema posterior es encontrar un hobby apetecible que implique levantarse del sofá. Hasta entonces (aún no me he dado por vencido), mi ‘estar en forma’ se reduce a pasear rápido después de las comidas copiosas. “Para bajarlo”, que se dice. ¿Y a que adivináis por dónde son esos paseos? Exacto, el Retiro.

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  • Víctor M. González

    Por Víctor M. González

    Periodista madrileño, estrella del pop en construcción. Apasionado del cine y la televisión en un encuentro improbable entre Wong Kar-wai y Tony Soprano. No te fíes demasiado de esa mezcla explosiva.

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