Cultura Popular

‘Christopher Robin’ y otras películas infantiles que te pueden inundar de tristeza

La nostalgia es un arma de doble filo:

· Nos reconforta pensar en el mundo sin preocupaciones que era nuestra infancia

· Pero a la vez nos recuerda que hemos crecido y nunca vamos a volver a ser niños

La nostalgia es un arma de doble filo:

· Nos reconforta pensar en el mundo sin preocupaciones que era nuestra infancia

· Pero a la vez nos recuerda que hemos crecido y nunca vamos a volver a ser niños

Decía Maurice Sendak que “los niños viven entre la fantasía y la realidad, van y vuelven muy fácilmente, de una forma que nosotros ya no recordamos cómo hacer”. Winnie the Pooh, Alicia en el País de las Maravillas, Peter Pan, Donde viven los monstruos, Matilda… Todas estas historias, cada una en su época, se dirigen al público infantil a la vez que tratan de encapsular la experiencia de la niñez para el lector adulto.

Volvemos a ellas porque queremos volver a ser niños, aunque sea por un rato. Por eso no solo son cuentos, sino también retratos nostálgicos de nuestro propio pasado que, con la perspectiva que otorgan los años, nos ofrecen lecturas que solo nosotros podemos entender.

Y ya conocemos el arma de doble filo que es la nostalgia. Por un lado, siempre es reconfortante regresar a un pasado más (aparentemente) sencillo, libre de preocupaciones adultas, donde poder dejar volar la imaginación y volver a jugar como si nunca te hubieras hecho mayor. Por otro, qué pena haberse hecho mayor. La nueva película de acción real de Disney, Christopher Robin, propone precisamente esto, recuperar la infancia perdida, llevarnos de vuelta al mundo de fantasía que solíamos visitar a diario para ofrecernos una lección importante: no olvidar nunca que fuimos niños.

 

 

Este tipo de relatos suelen ser felices, cálidos y acogedores como el regazo de una madre o una manta en el sofá frente a la chimenea, pero también vienen ahogados en anhelo y melancolía. Es una sensación agridulce y contradictoria, pero muy natural, que Christopher Robin plasma a la perfección.

Siguiendo la premisa de Hook, que planteaba qué pasaría si Peter Pan finalmente creciera, en la de Disney acompañamos a un Christopher Robin adulto (interpretado por Ewan McGregor) de vuelta al Bosque de los Cien Acres, donde se reúne con sus viejos amigos, Winnie the Pooh, Igor, Tigger y Piglet entre otros. Convertido en un hombre gris que vive para trabajar, Christopher ha olvidado lo que se siente siendo niño, y esto le ha llevado a descuidar a su propia hija. Volver a vivir aventuras con Pooh y compañía le ayudará a mirar el mundo con los ojos del niño que fue.

Christopher Robin es un producto distintivo de la Casa del Ratón, impecable en su puesta en escena, mágico y complaciente para toda la familia, pero con una tristeza y oscuridad subyacente que la hace incluso más apta para el público adulto que para el infantil, en la línea de otro live-action reciente de Disney, Peter y el dragón (David Lowery).

Existe una teoría muy popular que atribuye diferentes trastornos o enfermedades mentales a los habitantes del Bosque de los Cien Acres. Igor sería la depresión, Piglet la ansiedad, Tigger el déficit de atención y la hiperactividad, y así con todos los personajes de A.A. Milne. Aunque no sea una lectura oficial, ver Christopher Robin con esto en mente, es darse cuenta de cosas de las que no te percatabas cuando eras niño e, inevitablemente, dejarte invadir por la aflicción de Igor.

Escena de la película ‘Goodbye, Christopher Robin’

No es algo a lo que no estemos más que acostumbrados, claro. Las películas infantiles deprimentes son un género en sí mismas, y a veces no sabemos si es por ellas o por nosotros, que disfrutamos regodeándonos en la pesadumbre. La propia Disney tiene unas cuantas, casi todas protagonizadas por niños: Bambi, Dumbo, Pinocho, Tod y Toby, las adaptaciones de Peter Pan y Alicia en el País de las Maravillas, que tratan sobre la experiencia infantil y la importancia de la imaginación… sin olvidar Del revés de Pixar, que deconstruía la psique de una niña para hablarnos de la importancia de aceptar la tristeza como parte esencial de nuestro desarrollo como personas, y Toy Story 3, que cerraba con lacrimógeno broche de oro una trilogía sobre crecer y aceptar el paso del tiempo con la que toda una generación se hizo mayor.

Hay más, muchas más. La década de los 80 fue especialmente fértil para el cine infantil deprimente. Más allá de Disney, las películas de Don Bluth Nimh: El mundo secreto de la señora Brisby, Fievel y el Nuevo Mundo, En busca del valle encantado y Todos los perros van al cielo nos crearon traumas de por vida.

Fuera de la animación, films como E.T. El extraterrestre, La historia interminable o Dentro del Laberinto lidiaban con diferentes aspectos de la infancia, la maduración y el vínculo de la niñez a la fantasía, cuyo abandono es clave para entender por qué nos volvemos tan grises cuando nos convertimos en adultos.Ya en los 90 nos deshidratamos con el desgarrador final de Mi chica, otra historia sobre dejar la infancia atrás, a base de golpes.

Muchas películas han abordado el tema de la pérdida de la inocencia desde el género fantástico. Un puente hacia Terabithia, Un monstruo viene a verme y I Kill Monsters tratan de lo mismo: la fantasía como refugio de la realidad para un niño que se enfrenta a una gran pérdida.

Por otro lado, Spike Jonze ofrecía su particular visión de la infancia en Donde viven los monstruos, una película aparentemente simple que esconde una enorme complejidad psicológica, al convertir en imágenes y emociones el tumultuoso y “salvaje” mundo interior de un niño. Jonze reflejaba con tino la despreocupación y la libertad propia de esta edad, pero no ocultaba la cara más amarga de hacerse mayor y tener que desarrollar las herramientas sociales necesarias para sobrevivir en el mundo adulto.

 

 

Recuperando las sabias y a menudo funestas palabras de Maurice Sendak, “sobrevivir a la infancia es un asunto muy complicado, porque si algo sale mal, y normalmente lo hace, te compromete como ser humano, y acabas tropezando con ello durante una buena porción de tu vida”.

La literatura y el cine se han encargado de recordarnos que, para lo bueno y para lo malo, seguimos siendo niños. Por eso, cuando nos dan la oportunidad de visitar de nuevo el Bosque de los Cien Acres o la isla de Nunca Jamás, muchos no dudamos en aprovecharla, aunque volver al lugar donde fuimos inocentes nos recuerde lo que hemos perdido.

 

 

  • Pedro J. García

    Por Pedro J. García

    Traductor e investigador de lo audiovisual. Me dejo la vista, la espalda y el corazón devorando cultura popular y escribiendo sobre ella.

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