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Raquel Riba Rossy, aka Lola Vendetta: “Hemos castigado a la mujer que se reivindica”

Raquel Riba Rossy publica el segundo libro protagonizado por Lola Vendetta:

· "Que una mujer pariendo sea una cosa mal vista y que la violencia se normalice no me cuadra"

· "Cuando la gente está sorda ante según qué voces hay que gritar más alto"

Raquel Riba Rossy publica el segundo libro protagonizado por Lola Vendetta:

· "Que una mujer pariendo sea una cosa mal vista y que la violencia se normalice no me cuadra"

· "Cuando la gente está sorda ante según qué voces hay que gritar más alto"

Lola Vendetta está cansada de que le digan cosas por la calle. Harta de asentir, de no dar que hablar como toda señorita de bien y de obedecer con una sonrisa ingenua y aniñada cuando le dicen eso de “uy, qué seria estás, sonríe más”. Por eso, antes de blandir su katana y liarse a sablazos contra todas las conductas machistas que encuentre a su paso -que no son pocas-, deberá coger esa misma espada samurai y cortar de raíz  de manera definitiva el cordón umbilical que aún le une a su madre para emprender en solitario su propio camino hacia la “reEvolución femenina”.

Tras Más vale Lola que mal acompañada (Lumen, 2017), la ilustradora Raquel Riba Rossy (Igualada, 1990) publica ¿Qué pacha, mama? (Lumen, 2018), un libro en el que llevará a su álter ego por una andadura en la que tendrá que diseccionar las relaciones madre-hija para analizar los cimientos sobre los que se ha construido la identidad femenina.

Entre otras cosas, ¿Qué pacha, mama? es una carta de amor a una madre, a la tuya en concreto. ¿Cuánto tiempo estuvo llorando después de leer el texto final?

(Risas) Como cinco minutillos. Se emocionó muchísimo porque no tenía ni media sospecha de que habría algo así en el libro. Solo le había enseñado un par de viñetas antes. Así como el anterior libro lo vio mucha gente cercana, este no se lo enseñé ni a mi pareja. Lo hice muy aislada, y a ella le vino de sorpresa total. No sabía de qué iba el libro ni si terminaba bien o mal. Solo había visto un par de viñetas antes.

El libro habla de las relaciones materno-filiales y de esa necesidad de cortar el cordón umbilical invisible que nos une a nuestra madre para descubrirnos a nosotros mismos. Es prácticamente la narración de la construcción de tu yo, ¿no?

Exacto. De cómo es tan necesario desengancharse definitivamente de la madre y empezar a pensar por uno mismo. Hay gente que no se desengancha hasta la muerte prácticamente y eso acaba haciendo mella en cualquier relación íntima que tengas. Es un tema que a la gente le da un poco de miedo tocar. Tratar a la madre como a una persona normal aún nos cuesta mucho, sin faltarle al respeto, por supuesto. Aún hay esa imagen idílica de la madre, esa madre que no se rompe, una madre casi virginal. Y me atrevo a decir que la gran mayoría de hijos no hemos tenido madres así, porque esa imagen no es real. La madre es una mujer con los mismos conflictos que tienen los demás, y quería abordar esa parte más oscura. Me interesaba mucho romper con la imagen de la mamá perfecta, dándole sobre todo vueltas a la obsesión por la perfección que sufre el género femenino. Necesita ser impoluto, dar siempre en el clavo, no equivocarse jamás, ser asertiva hablando… Hay una presión gigante.

“No todxs tenemos un útero, pero todxs hemos vivido en uno” es el lema que encabeza tu libro. 

Me parece sorprendente cómo a nivel histórico le hemos faltado tanto al respeto a nuestra primera casa. Tengo la sensación de que justamente por ser el primer lugar que alberga la vida antes de poner los pies en este mundo y respirar por primera vez le hemos faltado mucho al respeto, lo veneramos muy poco. Nos dedicamos a decorar nuestra casa para que la gente entre y nos diga la casa tan chula que tenemos y qué muebles tan bonitos, nos compramos un coche, nos peinamos… Nos dedicamos a hacer toda una especie de performance para honrar los espacios donde vivimos, incluido el cuerpo, pero ese primer espacio queda en el anonimato. ¿Cómo vamos a querernos lo suficiente si no somos capaces ni de honrar el lugar de donde hemos venido? ¿Cómo no vamos a tener problemas como humanidad si no somos capaces de mirar atrás y reconocer esa primera casa?

Todo lo cuentas a través de la Pachamama. ¿Qué relación tienes con Latinoamérica?

Aparte de que mi pareja es colombiana, es un tema que siempre me ha interesado. Crecí en una ciudad pequeña al lado del campo y el contacto con la naturaleza era lo normal para mí. Cuando llegué a Barcelona sentí que a la ciudad le faltaba un punto de conexión con esa especie de origen. En Latinoamérica todas las culturas indígenas tienen una conexión muy fuerte con eso, con lo que ellos llaman Pachamama. La tienen muy presente, conviven con la naturaleza en su estado puro y son culturas que se ven muy atentadas por los gobiernos. Siempre me ha llamado la atención la necesidad humana de destruir lo que ya había para construir algo que entendemos que es mejor.

Hay una isla del tamaño de Francia, España y Alemania juntas llena de plástico en el Pacífico. Somos un desastre y hasta que no tomemos conciencia de que haciéndole daño al planeta nos hacemos daño a nosotros y a otros seres vivos no pararemos. La conciencia colectiva, la sensación de tribu y de pertenencia es lo único que hace que la gente se deje de hacer daño. Cuando no hay sensación de pertenencia se rompen muchas cosas, y la palabra Pachamama te hace ponerle cara humana a aquello que para nosotros solo es una masa gigante de arena y agua. Nos falta origen, nos falta casa, estamos haciendo daño a nuestra casa. Es lo mismo que nos pasa con el útero.

En el libro le lees la cartilla a Dios, y la cartilla no viene a ser otra cosa que la Biblia. ¿Cuánta culpa tiene la religión, si es que la tiene, de lo que padecemos ahora?

Todo lo que mueve masas tiene mucho poder, y la religión católica ha tenido mucho poder durante muchísimos siglos. Antes había un montón de diosas femeninas, por ejemplo. Igual que en Latinoamérica tienen la Pachamama, la diosa del Río y un montón de simbologías femeninas, en el catolicismo todo eso está reducido prácticamente a cero. La única figura femenina es una mujer que existe para estar detrás de un hombre y para estar llorando, como hemos visto en todos los retratos. ¿Cuándo nos hemos encontrado una imagen de cualquier personaje bíblico riéndose? Es una cultura que premia mucho el sufrimiento y se lo achaca mucho a la mujer. Solo existe un tipo de mujer, aparte de la prostituta que es salvada por el protagonista de la historia.

Todas son mujeres que no eran nada antes de que llegara un hombre que les diera la oportunidad de ser alguien. Creo que ese mensaje aún tiene mucha fuerza. Por más que desde hace unos 50 años nos vayamos desprendiendo  de la religión en según qué ambientes, es una herencia cultural de miles de años. Es gigante, y para limpiar eso hace falta mucho trabajo y recordarle a la gente que tiene la posibilidad de limpiarlo, que puedan decir “no me acaba de convencer cómo mi país ha entendido la religión, voy a ver cómo la han entendido en otros lugares del mundo y qué ha pasado con las divinidades femeninas, qué hacen y qué poder tienen”.

Haces alusión a frases que nos han inoculado desde la infancia, como “para presumir hay que sufrir” o ver la menstruación como una maldición. En el libro vemos el proceso de Lola Vendetta hasta cortar con todo eso. ¿Cuándo empezaste a adquirir tú conciencia feminista?

Con el tiempo. Empiezas cuestionándote pequeñas cosas pero no te reconoces como feminista del todo. Llamarte feminista te da miedo porque aunque te encuentras con mujeres que están viviendo el mismo camino que tú, no es un grupo definido, hay mujeres con todo tipo de vivencias. Luego te das cuenta de que te preocupan una serie de cosas que están dentro de un saco que se llama feminismo. Cuando me empecé a hacer las primeras preguntas era muy pequeña. Era una contradicción ver a mi madre en casa cuidando de mi hermano con discapacidad, porque el Estado no daba ayudas de ningún tipo o eran muy pobres, y a la vez diciéndome “tú sal y gánate la vida”. Girabas la cabeza y veías a una mujer en casa con unas aptitudes brutales, porque es una artista impresionante que no ha podido producir obra hasta que su hijo no ha vivido en un piso tutelado en Barcelona.

Eso se junta con el contraste total de pasar de ir a un colegio femenino del Opus Dei a la facultad de Bellas Artes. Rompí con todo lo que había visto para ir a un universo absolutamente distinto y encontrarme a gente que libremente decía por los pasillos que abortar era legal. Para mí era como “WTF?”. Se generó una ruptura superfuerte y ahí es donde empecé a plantearme todo lo que había aprendido. Me encontré con gente poliamorosa, gente que pensaba de maneras muy diferentes y que eran muy buena gente. ¡Y en el colegio me habían vendido todo lo contrario! “Hay gente que está loca”, “hay niños que están enfermos y se enamoran de otros hombres” y cosas así, y aunque no quieras pensar así a los 18 años, llevas toda la vida mamándolo. Así que cuando llegué a Bellas Artes pensé que todo lo que me habían explicado ni era verdad ni me gustaba ni iba a seguir alimentándolo y empecé a construir otra cosa.

Para cualquier persona el proceso de deconstrucción es largo y duro, pero el tuyo es superchocante.

Yo tampoco era la más fan de la manera de pensar de mi colegio. Me rechinaban cosas, pero ahora puedo hablar de feminismo desde un punto de vista en el que ya me he construido mis cosas, pero puedo entender a aquellas amigas que siguen pensando como en el colegio, y son superbuena gente, pero están en su burbuja. Ahora sé cómo explicarles las cosas para que no asusten a los diez minutos. Y estoy disfrutando mucho porque me da mucha diversidad de discurso. Por ejemplo, cuando entré en Bellas Artes y me decían “Qué dibujo tan erótico, qué bonito” a mí me explotaba el cerebro. La palabra erótico me parecía un insulto. Recuerdo ofenderme un montón y no entender por qué me decían marranadas. Me sorprendían muchas cosas. Ahora me parece increíble.

Bon dia tingui

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No sé si eróticos, pero ahora tus dibujos tienen un componente muy alto de humor y también de violencia. ¿Quizá si esos dibujos los hiciera un hombre no resultaría tan sorprendente?

Llevamos toda la infancia viendo a hombres destruyendo cosas, y además con superpoderes que hacen que las destruyan masivamente. No nos podemos volver majaretas con el rollo pacifista en los cómics, otra cosa es que extrapolemos esa violencia a la realidad. El mundo del cómic tiene que vivir sin censura, aunque estamos en un momento en el que parece que a la que te giras un poco puedes terminar en la cárcel. Estamos acostumbrados a ver superhéroes y supervillanos. En cuanto a las superheroínas, cuando una se venga porque han matado a uno de sus seres queridos no nos parece tan chungo, pero cuando vemos a una mujer defenderse por sí misma porque está hasta el culo de que le digan cosas y de que se la trate de una manera en concreto, nos molesta porque no estamos acostumbrados y no hemos legitimado esa emoción. Hemos castigado ese rol, a ese personaje, a la mujer que se reivindica. Pero cuando la gente está sorda ante según qué voces hay que gritar más alto.

Creo que la viñeta en la que aparece una madre diciéndole a su hija que cuando un niño la pega es porque le gusta y luego la niña ve una película violenta en la tele y piensa que es una peli romántica es una de las más impactantes que has dibujado. Esa, y la de la virgen María pariendo en el portal de Belén. ¿Estás de acuerdo?

Sí, creo que son las dos viñetas que más van en contra del modelo de gobierno que tenemos. Del modelo de pensar antiguo que tenemos en general. Se castigan cosas que no tienen que ser castigadas y se legitiman otras que son una broma. Que una mujer pariendo sea una cosa mal vista y que la violencia se normalice no me cuadra. Me sorprende cómo no hemos abierto los ojos antes, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Vivimos en una sociedad que no sabe que la violencia se tiene que quedar en el mundo de la fantasía. No sabemos ponerle frontera a eso y es lo que más me preocupa, porque es un efecto dominó.

Normalmente se genera mucho debate en torno a tus ilustraciones en Instagram. ¿Qué tipo de feedback recibes?

De todo tipo. Si tengo que hacer el porcentaje, la gran mayoría son agradecimientos, gente que se ríe, que dice que le encantan o incluso que hay viñetas que le han cambiado la vida, y es supergratificante pensar que con un cómic llenas tanto a los demás. La ilustración tiene algo muy bonito: pasa desapercibida, parece muy inocente. Como es el mismo lenguaje que aprendimos de niños parece que no va a hacer mayor cambio en el mundo y en realidad las historias se narran a través de las viñetas de los viñetistas. Cualquier país con viñetas tiene mucha verdad en ellas. Una caricatura resume la emoción muy bien y al contrario que un texto, engancha en un segundo.

En este momento eres una de las ilustradoras de referencia en el ámbito del feminismo. Aunque también tocas otros temas, ¿cómo decidiste que esta iba a ser la temática predominante en tus ilustraciones?

Al final es hablar de cómo ejercemos la violencia. Incluso se ve con la sangre. Hay dos tipos de sangre: una que es violenta y otra que es pacífica. La violenta no nos produce nada, ni en televisión ni en las películas; con la pacífica, como la sangre de la menstruación, nos echamos las manos a la cabeza. ¿Cómo nos hemos planteado el mundo tan mal para que las cosas pacíficas nos parezcan tabú y las violentas las veamos a diario y nuestra cabeza se quede igual?

Se acerca el Día del Libro, ¿qué libros escritos o ilustrados por mujeres nos recomiendas?

Recomiendo muchísimo Bowie: Una biografía, escrito por Fran Ruiz e ilustrado por María Hesse. Es precioso y las ilustraciones son una maravilla. También un poemario de Pilar Adón llamado Las órdenes. Leyéndolo tienes la misma sensación que con los poemas de amor de Neruda. Idiotizadas, de Moderna de Pueblo, y cualquiera de Flavita Banana.

  • Cecilia Marín

    Por Cecilia Marín

    Periodista. Dúctil y resolutiva. Una vez maté una cucaracha tirándole la guía telefónica encima. Todo en mí son grandes ideas. Nadie ha dicho si buenas o malas.

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