Vida

“El tratamiento terminó, pero se quedaron las revisiones del oncólogo de por vida y no volver a tomar el sol”

Cada 23 de mayo se celebra el Día Mundial del Melanoma:

· La prevención y la detección precoz son dos factores clave en la lucha contra la enfermedad

· A María, farmacéutica de 30 años, se lo detectaron con 20. Nos lo cuenta en esta carta abierta

Cada 23 de mayo se celebra el Día Mundial del Melanoma:

· La prevención y la detección precoz son dos factores clave en la lucha contra la enfermedad

· A María, farmacéutica de 30 años, se lo detectaron con 20. Nos lo cuenta en esta carta abierta

Siempre tuve un lunar en la espalda. Me gustaba, no tenía casi ninguno, y este era especial, grande y bonito. Otra cosa que tuve durante años fue acné, así que mis visitas a la dermatóloga eran rutinarias. Me gastaba el sueldo de mis padres en potingues varios que no ayudaban a mi pubertad y de paso le echaba un vistazo al lunar. Hasta aquí todo normal. Pero en el viaje de paso de ecuador a Punta Cana mis amigas me dijeron que el lunar tenía un color raro y que me lo mirara. Al volver pasé por el cirujano, que me lo quitó dejando una marca del zorro la mar de estética en mi espalda (entiéndase la ironía) y lo mandaron a analizar.

A los pocos días estaba comprándole un disco de Serrat a mi padre cuando este me llamó para decirme que el resultado era malo y que al día siguiente teníamos que ir a la consulta del oncólogo a Madrid. Nunca te crees que te va a pasar a ti, pero ahí estaba yo, en un ascensor bajando al oncólogo a que me hablara de cáncer, cirugías y tratamientos. Por supuesto, en el ascensor iba llorando, no por miedo, sino por rabia, porque con 20 años si tienes suerte aún no te has llevado ningún palo y no quieres que nada rompa tu burbuja de felicidad, esa en la que tu única preocupación es qué te vas a poner el sábado. En tus planes, por supuesto, no entraba que te dijeran que tenías un melanoma con ganglios positivos.

Como tampoco puedes llorar mucho tiempo, porque cansa, decidí hacer como que no pasaba nada y entre cirugía y cirugía volvía a Salamanca, me iba a la biblioteca, hacía mis exámenes finales y salía de fiesta (con blusitas anchas, eso sí, para que no se vieran las cantimploras de drenajes y tubos varios). Aprobé y con buena nota, y es que a chula no me ganaba nadie. No se lo conté a casi nadie, ignorar el problema me hacía más fuerte.

El verano fue duro. Empecé el tratamiento y la rehabilitación, porque resulta que tras una linfadenectomía- cirugía de axila- mueves el brazo cual Robocop. Estuve un mes yendo todos los días al hospital de día a que me inyectaran la medicación, sentada durante horas mirando una pared de azulejos, y con la vía cogida me iba a casa hasta el día siguiente, lo que suponía el recuerdo constante del mes de julio del infierno que me esperaba. Desde entonces no me gustan las agujas. Me río yo de los 40º de Madrid ahora. La primera administración fue la peor, la medicación me daba dolor de huesos, fiebre… Creí que no podría aguantar otra dosis. En fin, un mes de mierda en el que me encerré en mí misma y solo veía los días pasar.

En agosto hubo descanso y en septiembre vuelta a empezar. Universidad y tratamiento, al menos a dosis más bajas, me acompañarían durante todo el año. Y allí estuvimos los tres. Todo iba bien hasta que se me empezó a caer el pelo. Y aquí sí empezó mi drama. Y es que para mí hacer que no pasaba nada era la base de mi estrategia. El resto de síntomas no los veía nadie, pero que se te caiga el pelo cuando tienes 21 años no cabía dentro de mi fingida normalidad. Así que pasé una semana encerrada en mi habitación comiendo galletas digestive de chocolate y leyéndome toda la saga Crepúsculo hasta que tuve que asistir a prácticas y volver a enfrentarme a la realidad.

Me fui a Madrid a probar pelucas, muy traumático, y acabé con una especie de extensiones que salían desde arriba, se ataban a tu cabeza y se entrelazaban con tu pelo. Según la chica, ¡Beyoncé las llevaba! (ja ja). A la peluca la bauticé “la rata”. Iba cada dos meses a Madrid a reajustarla, y entre eso y las consultas del oncólogo cogí más Alsas de los que podré recordar. Pero yo gané, seguí con mi vida, y aunque había días de mierda también había buenos días, días mediocres… El tratamiento terminó, el pelo salió, la rata la guardamos en un cajón (que costó una pasta y nunca sabes cuándo la vas a volver a necesitar) y a mí me quedaron las revisiones del oncólogo hasta el fin de mis días y no volver a tomar el sol. Y ambas joden. No sé si por igual.

Las revisiones tienen dos cosas. Una, que siempre vas con miedo a volver a empezar. Creo que nunca tuve miedo a morirme. En los peores momentos lloras y lo dices, pero creo que nunca lo acabé de creer. Ya bastante tienes con lo que tienes y no te va a pasar eso a ti también, ¿no? Algún mecanismo de defensa de la mente o algo. Pero volver a pasar por lo mismo sí que da miedo. Y luego la segunda cosa: toda la gente que te mira mientras esperas tu turno en la sala de espera. “Sí, señora, estamos todos para el oncólogo”, “sí, yo también pienso que cómo puedo ser tan joven y tener cáncer”. Algunas te preguntan porque no se aguantan y otras se quedan con las ganas y te lo dicen con la mirada (o al marido, que está a su lado).

Y lo del sol, pues qué os voy a contar. Con 19 años era tanoréxica y con 30 soy Michael Jackson, con lo mona que estaba yo morena. Los primeros años me enfadaba mucho cuando llegaba el verano: no poder salir de casa sin protector solar, ir cubierta a la playa y parapetarme todo el tiempo bajo una sombrilla son, desde entonces, normas de obligado cumplimiento para mí. Vivía enfadada 3 meses. Era estricta al respecto, pero me envenenaba por dentro. Al final es algo que me recuerda que no he vuelto a ser “normal”, que esto se queda conmigo para siempre.

Poco a poco me he ido relajando (10 años dan para ello), pero sigo un poco enfadada y a veces me rebelo y me pongo al sol, sintiendo una mezcla de culpabilidad e ira. Soy una afortunada, soy consciente y estoy inmensamente agradecida con cómo ha ido mi historia. Sé que muchos no tienen esa suerte, lo veo en las consultas y lo veo en mi trabajo, pero a veces se enciende el “por qué a mí” y no sé si algún día se apagará. Ponerme al sol es mi manera a veces de rebelarme contra la enfermedad.

María tiene 30 años, es farmacéutica y vive en Madrid.

  • Eslang

    Por Eslang

    Se escribe con e. Se nos da mejor contar historias que ponernos nombre.

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