Vida

“Cuadrupliqué la tasa de alcohol permitida al volante. No maté a nadie, pero destrocé mi vida”

Manu, un joven de 23 años, nos cuenta en primera persona las consecuencias de conducir bajo los efectos del alcohol:

· Se estrelló junto a varios amigos contra un coche con dos pasajeros

· 'Hay muchos jóvenes que piensan que por una copa no pasa nada. Pero ya te digo yo que sí que pasa'

Manu, un joven de 23 años, nos cuenta en primera persona las consecuencias de conducir bajo los efectos del alcohol:

· Se estrelló junto a varios amigos contra un coche con dos pasajeros

· 'Hay muchos jóvenes que piensan que por una copa no pasa nada. Pero ya te digo yo que sí que pasa'

Estoy arruinado y me siento como una mierda.

Hace dos años era muy feliz, cuando tenía 21 años y no había echado a perder todo lo que tenía por conducir borracho. Por aquel entonces, estudiaba Derecho con el objetivo de llegar a ser juez algún día y ya me estaba preparando para hacer unas oposiciones cuando terminara la carrera.

Siempre he sido bastante aplicado y, además de llevar un expediente impecable, tenía un cargo en un grupo de representación de estudiantes y me movía en las juventudes de un partido político.

Vivo a media hora andando de la biblioteca, pero siempre iba en el coche de mis padres porque me daba un poco de miedo volver solo a cuando iba a estudiar por las noches. Siempre me pedían que tuviera cuidado porque el coche era viejo, pero es el que había. Los dos estaban en paro y no tenían dinero para comprar otro.

Lo que no sabían es que, casi siempre, mis noches de estudio acababan en el bar, tomando una cerveza tras otra. La caña costaba un euro, así que me podía tomar seis o siete sin problema. Luego volvía a casa mirando una aplicación del móvil que me decía si había controles. A veces estaba un poco borracho, pero controlaba lo que hacía y podía conducir bien.

A uno de mis amigos, un liante, un día se le ocurrió que podíamos irnos de fiesta en vez de volver a la biblioteca. Como estábamos en el punto máximo de borrachera no nos costó nada convencernos y, en nada de tiempo, nos vimos en mi coche buscando aparcamiento en el centro.

La noche no fue ninguna maravilla. Dos de mis amigos se pelearon por algo de una chica y a mí me sentó fatal el alcohol. Bebimos demasiado. Al principio me resistí a beber copas y pedí un par de litros de cerveza. Quería ser responsable para coger después el coche. Pero luego aparecieron los chupitos y todo se descontroló. Acabé ‘potando’ en un baño asqueroso de un bar todavía más asqueroso.

Decidimos que era el momento de marcharse. Uno de mis amigos había ligado y le dije a la chica que se viniera en el coche con nosotros, que había un sitio para ella. Lo que no sabía es que venía con una amiga que también se acopló.

Nos subimos al coche cuando ya estaba amaneciendo y tuvimos que esperar un tiempo a que se desempañaran los cristales. Aunque estuvimos barajando que la chica que sobraba fuera en el maletero, al final se sentó encima de alguien. Me encontraba fatal, pero lo único en lo que pensaba era en que no podía dejar el coche ahí para que mis padres no me regañasen. Además, era zona azul.

Miramos la aplicación de los controles y no vimos ninguno, así que nos pusimos en marcha. Las líneas de la carretera parecían juntarse y moverse de una manera rarísima, pero no era la primera vez que conducía en ese estado así que estaba bastante tranquilo.

No sé muy bien definir lo que pensé cuando vi reventar todos los cristales de mi coche, ni cuando pensaba que casi dábamos una vuelta de campana. Me empecé a asustar cuando vi la sangre que tenía una de las chicas en la cabeza y entré en pánico cuando me di cuenta de que el amigo que iba de copiloto estaba totalmente lleno de sangre.

Se me pasó toda la borrachera de golpe: había un coche empotrado entre el mío y el edificio de enfrente. Estaba casi seguro de que había matado a alguien y no hacía más que pensar en que ojalá me hubiese muerto yo. Todo esto pasó en unos 10 segundos. En el otro coche viajaban dos hombres algo mayores que yo. Uno de ellos tenía los ojos cerrados, mucha sangre y casi no podía respirar. El otro estaba bien.

No sé cuánto tiempo después llegaron la policía y los servicios médicos, que me explicaron que me había saltado un semáforo y había conducido en dirección contraria unos 50 metros, aunque hasta el momento creía que la culpa era del otro conductor. En el control de alcoholemia di más de cuatro veces lo permitido. También había consumido algo de droga esa noche, pero no me hicieron el test.

Lo recuerdo todo como en una película y no ubico bien los hechos y los momentos. Sé que me llevaron a urgencias y me curaron los cortes que me habían hecho los cristales; mientras, mis padres andaban por allí. Creo que mi madre no paraba de llorar. A la otra chica le dieron unos puntos en la cabeza y el que iba de copiloto se había partido tres huesos de la mano y dos del brazo.

El conductor del otro coche tuvo una lesión cervical de la que todavía se está recuperando y el otro, el que respiraba raro, casi muere. Al final se recuperó bien y ahora no tiene ninguna secuela. Los otros tres que viajaban en mi coche estaban bien, a excepción de alguna pequeña herida. Los dos coches estaban en siniestro total y, como es lógico, no lo cubría el seguro.

Había puesto en peligro la vida de ocho personas y arruinado a mis padres, eso lo tenía claro hasta antes de que se me hiciera el juicio. Lo que más miedo me daba era ir a la cárcel. No, no me mandaron, pero sí me quitaron el carné y me condenaron a una multa de más de mil euros. Mi abogado me advirtió de que tendría que indemnizar a los ocupantes del otro coche, así que ya estaba preparado para eso, pero no me imaginaba que lo harían mis propios amigos.

No tenía mucho sentido porque ellos sabían perfectamente que se estaban montando en un coche con conductor ebrio, pero el juez les dio la razón. Entre una cosa y otra tenía que pagar mucho más dinero del que podría imaginar, mis padres estaban en paro, yo era estudiante y no tenía ahorrado ni un euro. En cuanto a mi historial, todavía no estoy seguro de si algún día podré hacer las oposiciones y convertirme en juez.

En mi casa la noticia cayó como un jarro de agua fría, creo que ha sido la peor experiencia de mis padres. La verdad es que casi no se enfadaron conmigo, no tenían ganas ni de gritarme y yo me sentía tan mal que no era necesario que nadie me lo dijera. Había roto el coche a mis padres, un coche que les había costado mucho esfuerzo poder pagar y que ahora no iban a poder reemplazar.

Estoy seguro de que algún día podré volver a mis estudios y remendar este error, pero después de eso tuve que dejar la universidad y empezar a trabajar de camarero para ayudar a mis padres a pagar las deudas. Casi nos desahucian por todo lo que tenían que pagar por mi culpa.

A día de hoy puedo decir que conducir borracho me jodió la vida, pero agradezco todos los días que nadie muriese por mi culpa, aunque sí hubo dos coches que fueron directos al desguace. Mis mejores amigos me traicionaron con lo de la indemnización y me he cargado los pocos ahorros que tenía mi familia. Además, he decepcionado muchísimo a mis padres y ahora no confían para nada en mí. Es un error, por decirlo de alguna manera, que me ha marcado de por vida.

El problema es que sigo viendo cómo hay muchos jóvenes que lo siguen haciendo porque creen que por una copa no pasa nada y que nunca les va a tocar a ellos. Es normal que piensen así, todo el mundo lo hace, pero ya te digo yo que sí, que sí que pasa.

 

*El testimonio ha sido recogido y transcrito por la redactora de Eslang Paola Negrete. Manu no ha querido publicar su nombre real para proteger su anonimato.

 

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