Un piso de estudiantes es otro mundo: las mejores anécdotas de la vida universitaria | eslang

Un piso de estudiantes es otro mundo: las mejores anécdotas de la vida universitaria

Querido nuevo universitario, tenemos algo que decirte:

  • Aprovecha estos años: serán los mejores de tu vida y pasan rápido, por viejuno que suene
  • Los guiones de Lynch y Nolan deben ser tu referencia para una experiencia épica

Vivir en un piso de estudiantes durante tu etapa universitaria es como cuando alguien te confía su contraseña de Netflix para que lo uses cuando quieras: una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida. No solo para ti, sino también para tus padres, que se ahorran esa época en la que tú, como buen posadolescente, estás pasando por un ‘momento complicado’.

Por desgracia, pasa rápido. Sin darte cuenta has acabado la carrera, las prácticas y has agotado todas las opciones de quedarte en esa ciudad que tanta cerveza y comida basura te ha dado. Toca volver a casa o irte a otra ciudad a seguir con tu vida cargando con toda la morriña y todas las historias surrealistas que, ahora puedes decir, te hicieron un poquito más feliz.

Si tus años de universitario pueden convertirse en una peli hecha entre David Lynch y Christopher Nolan, es que lo has hecho realmente bien. Nosotros, nostálgicos donde los haya, te contamos algunas de las aventuras más entretenidas.

El cerdo vietnamita que no era vietnamita

Manu, 25 años. Santiago

Último año de carrera en Santiago de Compostela. Yo vivía con dos amigos que estudiaban Pedagogía y teníamos la sensación de que al piso le faltaba vida. Entonces, un viernes de resaca, vimos un anuncio de se vende cerdo “vietnamita” por 25 euros. Tras ganar 2 a 1 la votación pillamos una mezcla entre cerdo y jabalí que creció durante cuatro meses entre nuestras paredes hasta que su tamaño no daba para más.

Levantó el parqué y acabó con la lavadora, pero fueron impagables las tardes con ella -cerda llamada Chuli- comiendo cherris y educándola. Tras alcanzar unas dimensiones considerables, conseguimos que un granjero de Coruña viniera a por ella. Siempre en nuestros corazones.

Una mesa de Uma Thurman para el salón

Laura, 23 años. Granada

Cuando estábamos en la universidad, nos gustaba ir a un par de bares casi todas las noches a jugar al trivial mientras nos tomábamos unas cervezas. Y a ganar, por supuesto. Podría decirse que entre una de nosotras y una mesa de la terraza de un bar de cuyo nombre mejor no acordarse, surgió un amor a primera vista, intenso y verdadero. Era una mesa de Uma Thurman. Una de las tantas noches que regresábamos a casa con otra victoria en el marcador, un chico del grupo, para mostrar su amistad y aprecio por aquella chica, decidió expropiar la mesa.

La odisea comenzó con el estruendo de una patada a una silla y en mitad de la calle, bajo la mirada de los camareros del bar de la competencia, nos llevamos la mesa a su nueva morada. Por supuesto no fue algo hecho adrede, sino que el pobre muchacho se enganchó a la mesa accidentalmente mientras iba por la calle y terminó arrastrándola sin darse cuenta. La mesa se quedó en el salón como muestra de la amistad verdadera y nunca más, por los siglos de los siglos, se bajó a tomar café a ese bar que, desde entonces, tiene cámaras de seguridad.

Un pleito contra el microondas

Alfonso, 29 años. Salamanca

Ese año estaba estudiando en Salamanca. Como en todo piso de estudiantes, el microondas es un bien preciado en la cocina. Pero había un problema: no podíamos poner el microondas más allá de las doce de la noche porque el vecino de arriba se quejaba. Le molestaba mucho. Nivel decirnos que era abogado y que nos iba a denunciar.

Los vecinos del hospital psiquiátrico

Isa, 24 años. Málaga

Una de mis compañeras tenía la mala costumbre de ir a todos lados escuchando música triste a todo volumen con los cascos. Volvía ella de la compra cuando llamó al timbre porque iba cargada y, cuando otra de mis compañeras abrió la puerta, se encontró con un hombre bastante grande detrás de mi amiga -que estaba ajena a todo-. El tipo se asustó y se fue por patas, o eso suponemos, porque el susto de verdad nos lo llevamos nosotras.

Fueron unos momentos de caos de no saber si salir, de avisar a un vecino, a la policía o a los cascos azules. Al final, después de llamadas a nuestras madres -la fuente primordial de sabiduría-, decidimos llamar a la policía únicamente por quedarnos más tranquilas. Pobres e inocentes de nosotras. Después de revisar el edificio, nos dijeron que era totalmente normal, que no nos asustáramos porque cerca de nuestro piso estaba el ala psiquiátrica del hospital y era, según ellos, “bastante común y frecuente que algún loco se escapara”, palabras textuales. Desde entonces dormíamos juntas en la misma cama de matrimonio.

Esterilizar la copa menstrual en las cacerolas de uso común es MAL

Ana, 28 años. Cáceres

Una de mis compañeras de piso era bastante pasota. Lo de encontrar maría picada por la mesa, encimera, taza del váter y todo tipo de superficies nos sacaba de quicio, pero tenía un pase. Hasta que un día le vimos con toda naturalidad esterilizando su copa menstrual en las cacerolas de uso común. Cuando le dijimos que no nos parecía bien nos dijo que llevaba ya tiempo haciéndolo y nunca le habíamos dicho nada. Llevaba meses cociendo mis macarrones donde ella limpiaba las bacterias tras su menstruación.

Una noche de fiesta, una terraza, unas magdalenas, un portero y una llamada a su madre

Laura, 30 años. Madrid

Uf, mi historia es demasiado turbis. No me acuerdo de casi nada, además, solo de secuencias separadas. En mi casa se podía entrar por la puerta principal o por las terrazas de la cocina. Llegaba de fiesta y se me habían olvidado las llaves, así dije “bueno, pues entro por la cocina”, pero en el ascensor me debí de equivocar y me metí en la terraza de la vecina de abajo. Había una despensa, vi unas magdalenas y me puse a comérmelas, y debí de hacer ruido porque salió la mujer y me llevó al portero. Y, tía, no sé, es que yo estaba tan borracha que no sabía ni dónde estaba. Le dije al portero que llamara A MI MADRE, ¡y no sé como le di el número de mi madre! Fíjate, de eso sí me acordaba… El portero la llamó y gracias GRACIAS a dios mi madre no lo cogió y ya no sé cómo el hombre me llevó a mi casa. Es que, tía, no me acuerdo, de verdad. Fue algo… demasié.

Mascarillas para virus sí, pero el estropajo ni tocarlo

Celia, 25 años. Londres

Faltaba poco tiempo para mudarme a Londres y aún no había encontrado piso. Alquilé una habitación y al tiempo llegaron dos nuevas chicas de nacionalidad china. Yo, como buena anfitriona, quise recibirlas con dos besos y un pequeño abrazo. Error. La primera de ellas se pegó un susto, se alejó corriendo de mí y avisó a su amiga. Ya con la lección aprendida, a la segunda fui únicamente a darle la mano. Ella, con una velocidad que ni Usain Bolt, escondió sus manos y me dijo que lo sentía, pero que las tenía sucias.

No tardé mucho en darme cuenta de que ese no era su problema. Ambas se pasaban horas cocinando, pero ni dos minutos limpiando la cocina. A diario había granos de arroz en todos lados como para llenar un plato nuevo, la grasa chorreaba por la encimera y el suelo era pegamento. Eso sí, siempre con las mascarillas bien puestas para no pillar ni un virus ni nada. Solo se las quitaban para comer. Además, me hablaron una única vez: cuando descubrieron que era del sur y me dijeron que le encantaba la sangría. Yo solo quería responderles que muy bien, pero se dejasen de tanta mascarilla y se pusiesen a limpiar. Un par de meses más tarde, yo ya había huido de esa casa.

El italiano al que… ¿la noche le confunde?

Eli, 30 años. Madrid

Ligué con un tío y me lo llevé a casa. Mateo se llamaba, italiano. Después del mambo a mí me daba mucha pereza, así que cuando se durmió me fui al salón con mis compis, que seguían de mañaneo, y les dije que cuando se levantase le invitaran a abandonar la morada. Se levantó, preguntó por Blanca (yo en realidad me llamo Eli, pero ese era mi seudónimo de fiesta) y las niñas le dijeron que allí no vivía ninguna Blanca. El pobre se quedó loquito y pillaíco y dejó una nota con su número de teléfono por si Blanca aparecía, alentado por mis compañeras. Qué malas…

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    Hablar de uno mismo sin parecer idiota es más difícil que elegir nick para el Messenger… sin parecer idiota. Buscamos historias, vivimos en las redes, nos pringamos con lo importante, nos reímos de lo solemne.

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