La última sala porno de España: mi experiencia

Entrada de la sala porno de Granada./ Elaboración propia

La tarde del viernes es fría y los transeúntes buscan resguardarse en los bares y cafeterías de la zona. Apenas hay viandantes por la calle Séneca, a pesar de colindar con una de las arterías principales de Granada, Camino de Ronda. En la vía del filósofo un local con las luces de neón rosas y azules rompe con la normalidad. A pesar de ello, nadie repara en la presencia del local: la última sala de cine porno de España.

La sala X Cinema Granada abrió sus puertas en 1998, según los datos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Desde entonces, ha tenido una media de 11.000 espectadores al año, aunque en los últimos tiempos ha caído la asistencia; y la recaudación, como se puede comprobar en el siguiente gráfico, ha variado de forma muy evidente dependiendo del año. Los datos llaman la atención. Los gerentes del local declinaron hacer declaraciones al respecto “por discreción”, vía correo electrónico.

Conociendo a grandes rasgos la historia estadística de la sala (y sabiendo que era la última de su especie en España), decidí vivir de primera mano qué sucede en su interior. Una escapada a Granada durante un fin de semana (del 2 al 4 de diciembre), un pequeño cuaderno y un bolígrafo era todo lo necesario. Bueno, eso y tres tercios de cerveza antes de ir al local. Más que nada, para perder el miedo: era mi primera vez en el periodismo gonzo.

Por desgracia, no soy ni Günter Wallraff ni Hunter S. Thompson. Y al llegar al local, titubeo. No sé si entrar o no. Como mi vejiga está a punto de explotar -el trío de cervezas-, opto por la primera opción. Eso sí, tras fijarme si la gente que pasa por la calle se fija en el local (que para eso soy periodista). Y no, a pesar de las luces de neón.

El pasillo oscuro

Ignoro la ventanilla de la taquilla que hay a la izquierda y entro por la puerta principal. El taquillero advierte mi presencia y me pide el religioso pago de la entrada. 8 euros. Con ésta, uno puede entrar y salir del local durante toda la jornada (abren de diez de la mañana a once de la noche) y ver todas las películas que quiera (es sesión continua).

En el interior del local, primero hay un hall con dos stands -el primero, con productos sexuales; el segundo, con películas pornográficas- y, entre medias, un sofá de cuero marrón. A la izquierda de la entrada, pasada la taquilla, hay una pequeña barra con un ordenador y otros artículos sexuales. A la derecha, otra barra con varias sillas de estilo moderno, destinada a la consumición de bebidas. De hecho, hasta tienen una oferta para parejas: 2 por 1 en bebidas alcohólicas.

Necesito ir al baño y le pregunto al taquillero por su localización. “El pasillito de la derecha, tras las cortinas”. Y allí que voy. Paso por delante de las dos personas que en ese momento hay en el local: una, que no llegaba a la treintena de edad y otra que rondaba los 70 años. Saludo con un “buenas tardes” y enfilo el pasillo.

Desconozco que, tras la cortina, hay otro pasillo. Oscuro. Completamente oscuro. Me detengo, saco el teléfono móvil para encender la linterna y escucho al sujeto joven decir unos palabras: “No es mi estilo. Ve tú”, dice, y como compruebo momentos después, la otra persona obedece. No sé dónde meterme ni tampoco qué hacer.

Mapa de localización de la sala X de Granada./ Elaboración propia
Mapa de localización de la sala X de Granada./ Elaboración propia

Algo nervioso, opto por volver al hall. No pienso en mi vejiga. Tropiezo con la persona de más edad cuando ésta aparta las telas de la cortina para dirigirse al aseo. Un aseo al que no llego a entrar y que se utiliza, entre otras cosas, para mantener relaciones sexuales, a pesar de que el local también disponga de cabinas multicanal, que sí están destinadas a este fin.

Intento relajarme en el hall y observo el segundo stand, el de películas pornográficas. El surtido es variado, pero siempre en formato DVD: heterosexuales, interraciales, homosexuales, transexuales. Para todos los gustos. Me fijo en un film en concreto. Está protagonizado por la actriz española Bridgette B, bastante conocida en el mundo del porno. Dura más de una hora y media la película.

La sala de cine

De pronto, me percato de que el sujeto se encuentra a mi derecha, a apenas un metro de distancia. Hago como que no está y continúo viendo las películas del lado contrario del stand. El semejante sigue en la misma posición que antes y yo, nervioso, decido entrar en la sala de cine, situada al final del hall, tras unas cortinas.

La sala está vacía. Por un momento, dejo de notar a alguien que me observe. Me siento en la última fila de un espacio bastante amplio (hay asientos para 80-120 personas). En la pantalla se emite una película porno gay. A título personal, no me gusta. No obstante, decido quedarme. Estoy solo y eso ayuda a rebajar las aceleradas pulsaciones de instantes previos.

Entrada de la sala X de Granada./ Elaboración propia
Entrada de la sala X de Granada./ Elaboración propia

Apenas tres minutos después, entra la persona joven a la sala. De reojo, observo que mira la pantalla de su móvil y que, tras ello, da un breve paseo por la sala. Este proceso lo repetiría en hasta tres ocasiones en apenas cinco minutos, los que duré en el interior de la sala. Supuse que esperaba un contacto visual por mi parte (a pesar de que, en un primer momento, no era su “tipo”). ¿Por qué? Porque desde hace años, este tipo de salas se utilizan para mantener relaciones sexuales entre clientes. Así lo aseguran expertos como Antonio Marcos o Luis Landeira.

Los juguetes sexuales y adiós

El ente joven sale por tercera y última vez de la sala y pienso que es una buena opción. Estoy saliendo y, como un déjà vu, me cruzo con el otro sujeto cuando aparta la cortina para entrar en la sala de cine. No reparo en sus movimientos y voy directo al stand más próximo a la puerta de salida, el de los productos sexuales.

Un cartel destaca a primera vista. Oferta en preservativos. Aun así, no es el producto más llamativo de un stand donde hay lubricantes, consoladores de diferentes tamaños y otros juguetes más fetichistas, como látigos. Es decir, un ejemplo de diversificación del local granadino: la apuesta por objetos propios de sex shops.

Cuando termino de examinar todos y cada uno de los artículos (porque sí, intentas ganar tiempo en estas situaciones), la persona anciana está mirándome desde el pasillo que da a los baños. Mirándome y tocándose. El muro que separa el hall del pasillo -algo más de metro y veinte centímetros de alto- me impide ver si la cremallera de su prenda inferior ya está bajada.

Mejor, porque mi nerviosismo aumenta hasta límites insospechados. Un momento, cuanto menos, sórdido y algo cutre. Pero da igual, no importa. Es hora de salir. De poner punto y final a mi experiencia en la última sala de cine X de España.

(Las experiencias que se narran en este artículo son vivencias personales del redactor y, por lo tanto, únicas. Es decir, las afirmaciones y observaciones realizadas no deben servir para generalizar, sino que deben ser interpretadas como lo que son: una experiencia personal en un momento determinado.

No obstante, es necesario señalar que algunas observaciones aquí descritas coinciden con otros comentarios realizados por expertos de la industria pornográfica que, al igual que yo, han entrado en un momento u otro en un cine porno español)

  • Carlos Muñoz

    Carlos Muñoz

    Periodista de datos. O eso dicen las estadísticas. También soy escéptico, pero con un axioma vital: correlación no implica causalidad.

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