Follar sin ganas: varias mujeres cuentan esas veces en que tuvieron sexo porque pensaban que ‘debían' hacerlo | eslang

Follar sin ganas: varias mujeres cuentan esas veces en que tuvieron sexo porque pensaban que ‘debían’ hacerlo

Foto: 'La vida de Adèle'

“Es que me ha invitado a unas copas”, “es que hemos estado tonteando”, “es que nos hemos empezado a besar”, “es que estamos ya en su casa”… Estas frases las han pronunciado varias de las protagonistas de esta historia. A lo mejor no te ha ocurrido (lo que sería fantástico), a lo mejor nunca te has parado a pensarlo o no lo habías interpretado así, pero ¿estás segura -y decimos segura por lo que viene a continuación- de que siempre has tenido sexo porque te apetecía o dicho en plan señora, ‘por compromiso’, o, dicho en plan cerebral, ‘porque pensabas que DEBÍAS’?

Esta historia no se refiere, cuidado, a esas veces en que no ha existido consentimiento de manera explícita (y con explícita nos referimos a que no ha habido un claro ‘sí’), sino a las ocasiones en que una misma ni se ha permitido valorar si tener esa relación sexual era lo que verdaderamente quería o que, aunque no quisiera, no tenía derecho a expresarlo.

“Esto lo suelo ver sobre todo en mujeres por el contexto en que vivimos”, explica Ana García Mañas, terapeuta y sexóloga. “El sexo en la sociedad está asociado a lo masculino: ellos son los que tienen experiencia, nosotras nos dejamos llevar por la experiencia que presuponemos al otro. Incluso si no son las propuestas que nos apetecen ni cuando nos apetece”.

Para aquellos que no captan muy bien el consentimiento, sea por mala idea o por confusión o por H o por B, Mañas explica: “En sexología lo denominamos el interruptor erótico. Una vez te has involucrado en algo que tiene que ver con la excitación (véase morreo, meterse mano…) parece que hay que llevarla hasta el final. Y el final es, según se suele entender: orgasmo con eyaculación masculina. Parece que ‘dejar a medias’ a una persona es una putada. Esto trae a muchas parejas a consulta.”

También se dan otras circunstancias aplicadas a la personalidad, que la terapeuta cuenta se dan en hombres y, sobre todo, en muchas mujeres: “Si yo te pongo límites, no me vas a querer”. Es decir, hacer cosas por complacer a la otra persona, olvidándonos de nuestra voluntad, para conseguir que nos quiera o tratar que no deje de querernos. Por último, pero no menos importante, destaca: “También nos han enseñado que las necesidades sexuales de los hombres son inaplazables e incontrolables. Aquí puede operar el miedo: ‘me hago a la idea de que me puede apetecer’. Pero eso no es más que una renuncia al propio deseo”.

Entonamos el mea culpa, porque nos ha quedado una historia muy cis y muy hetero. Os invitamos a que compartáis vuestros puntos de vista como han hecho ya alguna de nuestras lectoras. Suya es la palabra:

“En relación a lo de follar sin ganas, la mayor parte de mis amigas que me han contado episodios tienen un historial de inseguridad y relaciones funestas majo, y esto podría inducir al error de pensar que es un problema de las mujeres inseguras, porque hay tías a las que jamás les pasaría. El problema siempre va a ser que existen personas que insisten ante una negativa, por lo tanto tenemos “malhechor” y “víctima”, y no se pone la culpa en las víctimas de los hechos.

Un par de chicos con los que he hablado, uno hetero y otro gay, nos han comentado que les ha pasado lo de follar sin ganas en el sentido de “acceder”, pero ni uno ni el otro manifiestan haber tenido ningún sentimiento de invasión, o vergüenza, o rabia. Quizá la relación de los hombres con su cuerpo es distinta, de modo que no sienten la violencia que sentimos nosotras, también en general la presión sobre el cuerpo del hombre siempre ha sido menor, lo que ayudará a una mayor naturalidad y menos reflexión sobre estas cosas (digo yo)….

Ahora mi anécdota encantadora. A ver, yo he follado sin ganas toda mi vida, y me han tratado fatal por ahí hasta el borde de la violación (estoy bien), pero como esto no son mis memorias te cuento una concreta de la que estoy especialmente poco orgullosa:

Hacia el final de mi etapa universitaria conseguí salir de una relación de tres años de dependencia emocional y abusos piscológicos varios. Tendría yo unos tiernos 22. Como era joven y me habían extirpado la razón, consentía que el engendro siguiera viniendo a verme a mi casa, porque eso de cortar por lo sano hubiera sido muy de persona con la cabeza amueblada, y no. Durante estas visitas, mi ex -Satanás- siempre proponía, más física que verbalmente, que nos diéramos al amor carnal, y a mí que empezaba por fin a asquearme todo aquello, no me parecía un planazo, y así se lo hacía saber, física y verbalmente. Sin embargo, ante su insistencia, un par de veces le hice una mamada para que terminara cuanto antes y se largara, que era honestamente lo único que quería cuando se ponía así. Lo recuerdo como unos de los momentos más agobiantes de mi vida. Lo hice porque estaba hecha un asco y había perdido el control sobre mi voluntad. Muere, Satanás.”

Elena, 29 años.

“El primer chico con el que tuve este tipo de experiencias fue mi primer novio, con el que estuve de los 14 a los 18 años. La primera mamada que le hice al poco tiempo de empezar (no presionada por él pero sí con la presión de “complacer como mi educación sexual de mierda me ha enseñado”) la recuerdo como una experiencia que no me apetecía, muy desagradable y por la que me sentí la persona más sucia durante mucho tiempo.

Al final de nuestra relación yo no sentía ningún tipo de atracción física por él, pero como él sí y yo le quería y quería que estuviera bien, muchas veces me forcé a tener sexo ya que le estaba afectando a la autoestima que yo ya nunca quisiera acostarme con él y estaba muy enamorado.

Después de dejar la relación, en los últimos años me he acostado con muchos ligues de una noche, muchas sin querer realmente hacerlo.

Por ejemplo, hace unos meses quedé con dos chicos de Tinder para hacer un trío. No nos habíamos visto antes, y nada más saludarnos me propusieron subir a la casa de uno a tomar algo, y una vez allí a los pocos minutos empezaron a besarme. La situación me estaba violentando porque no me atraían mucho y estaba siendo muy brusco, pero como habíamos quedado para eso y ya había accedido a subir a la casa, no dije que no y les dejé seguir. Recuerdo estar en mitad del polvo sin sentir ningún placer mirando al techo de gotelé pensando qué estaba haciendo allí y en las ganas que tenía de estar en mi casa. Pensé en parar y marcharme, pero me parecía muy violento y no me atrevía, así que espere a que terminaran y me marché rápido.

Otra experiencia reciente y casi la más jodida que recuerdo fue hace un mes con otro chico que conocía por Tinder y con el que había quedado ya más veces para acostarnos y había ido todo bien. Me habían operado en la vagina hacia una semana y tenía varios puntos. El chico vino a verme a mi casa, y tras un rato hablando empezamos a liarnos. Cuando quiso ir a más le dije que no quería, que tenía la operación reciente y mejor que no. Insistió mucho en que no pasaba nada, que lo hacía con cuidado. Tras un rato ‘que sí que no’, accedí a hacerlo con cuidado y se me acabaron soltando los puntos. En consecuencia la herida se me abrió y extendió, no cicatrizó bien y tuvieron que volver a operarme.”

Sandra, 22 años.

“Fui a un concierto con un chico que había conocido por Tinder. La noche fue bien hasta que de repente se puso superborracho, algo que no entiendo porque bebí prácticamente lo mismo que él y yo iba serena. Era enero, hacía un frío de cojones y se empeñó en salir fuera de la sala para comprar unas cervezas a un súper cercano. Yo no quería, pero me quedaba sola, así que cogí la chaqueta y le acompañé, aunque hubo discusión no sé a cuento de qué: nos acabábamos de conocer y ya parecíamos abuelos que no se soportaban.

Total, que nos fuimos. Él vivía en Alcorcón o por ahí y tenía el coche aparcado debajo de mi casa. Obviamente no estaba en condiciones de conducir y por poder podía dormir a menos cinco grados en el coche, pero yo tenía dos habitaciones y le ofrecí una. Cuando me iba a dormir entró en mi habitación y empezó a besarme y a tocarme. Se puso un poco agresivo, así que decidí seguirle el rollo. Pensé: “bueno, lo hago ya, para que se duerma”. Yo me sentía presionada y, de verdad, sentí que la única manera de deshacerme de ese tío era follándomelo. No quería problemas. Y juro por dios que cuando estaba haciéndolo, tirada como una estrella de mar, pensé: “así es como se siente alguien cuando le están violando”. Esto pasó hace dos años. Yo pienso: ¿cómo le puede pasar eso a una mujer de 38 años? Aprendes, ya está. Aunque sea de cosas desagradables. Lo ‘mejor’ de toda la situación es que cuando acabó y se quedó medio en coma, oí un grito: mi gato le mordió la picha y tenía el pito totalmente ensangrentado. Le dije que se fuera al baño y abracé mucho a mi gato. El karma.”

Sara, 40 años.

“Estaba yo una noche en la playa celebrando la Fiesta de San Juan y una amiga mía me presentó a un chaval que me gustaba un poquito, un perroflauta de la universidad. Después mi amiga hizo bomba de humo y yo me quedé sola. Fuimos a las dunas, y a mí no me apetecía nada tener sexo porque estaba muy borracha. Pero a él sí, así que me mentalicé y me resigné. Afortunadamente él también había bebido mucho así que tras intentarlo al final no pudimos hacer nada. Y simplemente esperamos hasta que se hiciera de día.”

Marta, 28 años.

“A ver… Yo acababa de dejarlo con mi ex y estaba en esa época loca de me follo a todo lo que se mueve. Pero debía ser que ese día no estaba yo con el guapo muy subido y no me comí un colín así que no paraba de beber una copa tras otra. Al final, en el último bar, se me acercó el típico graciosete entradito en carnes, no muy agraciado y pijo, para más datos, y no se porqué me lie con él.

Me lo llevé a casa y después del primer polvo que a mi se me había bajado el pedo y había visto el orco de mordor que tenía en la cama quise hacerme la dormida pero el muchacho estaba on fire y dije: “Bueno, chica, tú lo has traído aquí, ahora te jodes”. La cosa es que el pesado no se iba de casa y cuando nos levantamos me hizo el desayuno y al final cuando quería volver al ataque le dije muy amablemente que había quedado y que mejor lo dejábamos ahí y no nos dábamos los teléfonos, que pa’ qué. Fin de mi historia de patetismo.”

Miriam, 32 años.

“Acababa de enterarme hacía unos días de que él me había estado engañando. Llevábamos un año saliendo juntos. Habíamos discutido muchísimo, yo estaba llorando un montón, pensando si podíamos superar eso, qué clase de persona era yo si lo perdonaba, qué tenía yo de malo para que él me hubiera estado siendo infiel durante meses.

Salí a la terraza a llorar y él vino. Normalmente nunca lo hacía. Me llevó a la cama y me abrazó. Pensé que simplemente se sentía mal y me veía así y de alguna manera quería darme cariño. Después empezó a besarme y a tocarme y se puso encima de mí y empezó a penetrarme. Yo le dejé seguir. Cuando terminó, le dije que por qué había hecho eso. Me respondió “Porque me apetecía. ¿Por qué lo has hecho tú?” Y yo le dije: “Porque te quiero”. Tiempo después me di cuenta de lo enfermo que había sido todo eso.”

Julia, 30 años.

“Noche de botellón en el Templo de Debod. La gente que no se mueve. Yo y B. que nos cogemos un taxi y nos vamos solas al Barco (un bar en Malasaña, Madrid). De repente, somos carne fresca. Dos chicas solas… eso era inhumano. Nos vienen dos argentinos falsos (realmente uruguayos) y mi amiga con uno bastante por la labor. Yo borracha como una cuba, y con la pereza que me da el acentito… Pero oye, por una amiga…

Así que nada, que me entra y yo ‘oye , ya que estoy allí’. El chico guapo, moreno, ojos azules, metro noventa. Sí, pero joder con el acentito, qué pesao. Bueno, pues no sé cómo mi amiga se va a casa del otro y yo acabo en un taxi con mi amigo Gaston (nombre real) a la suya. Por llamarlo de alguna manera, porque casa casa no era. Era un piso de estudiantes que ni en los peores tugurios de Salamanca… Habitación con colchón en el suelo, de estos que la sabana no esta ni enganchada en todas las esquinas. Y yo borracha. Total que empieza a meterme mano y yo pensando en mis cosas, en lo surrealista de la situación, en el chico que me gustaba, en que al día siguiente me iba a la pisci y me tenía que hacer la comida… En todo menos en esto.

Pero oye, que si las chicas calientan y no cocinan , y que marean , y qué pobrecillo el chico… Así que no me iba a ir a esas alturas. Como dice mi amiga Bea hice una estrellita de mar, sin mover un músculo. Ahí me deje hacer y hasta mañana… Me desperté, me ofreció un mate ( ¿¿¿en serio??? ¿¿un mate de resaca??), me tocó la guitarra y me dejó marchar.”

Marta, 29 años.

 

 

  • Laura Caso

    Laura Caso

    Me gusta preguntar, me interesa casi todo y llevo fatal esperar. Si algún día me parezco a Bette Davis será que lo he hecho bien.

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