Cuando las escenas de sexo están metidas con calzador en el cine | eslang

Cuando las escenas de sexo están metidas con calzador en el cine

Mirada de 'te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima'. Fotograma de 'Palmeras en la nieve'.

La última que más gracia nos ha hecho ha salido en la serie de Antena 3 'La Embajada':

  • Pero la carrera actoral de Mario Casas es un rosario de secuencias guarrunas un poquito porque sí

Primer capítulo de la nueva serie de Antena 3, La Embajada, que abordará las cloacas de la casa española en Tailandia. En una de sus primeras escenas, con la que habían cebado al público en los avances, Belén Rueda, mujer del embajador, se entrega a una noche de pasión con el que aún no sabe que es el novio de su hija. Son casi dos minutos de sexo exotizante. Una escena de sexo ¿exigida por el guion?

Cortinas de gasa oportunamente infladas por el viento, paisaje paradisíaco al fondo, habitación zen, hiperventilación insalubre, alguna pincelada medio sádica, una lencería finísima, así, de diario. Todo cubierto con esa pátina lechosa de traición que tanto mola. La secuencia constituye un ejemplo de cómo muchos contenidos caen en el sexo fantasmagórico: de camino al morbo, acaban en el ridículo.

Antonio Sempere, crítico de cine y televisión, opina que “las escenas de sexo son un ingrediente más dentro del menú que deben contener determinadas series destinadas a un determinado target”. Y hay sexos y sexos. Una buena narración erótica puede conducir a un éxtasis poético al que difícilmente se llegaría por otras vías. El lirismo no implica, desde luego, que la escena tenga que ser sutil o que no puedan representarse desnudeces o genitales; tiene que ver más con el guion, con que la historia se conduzca con naturalidad y con que el instante de pasión no se recubra de fetiches. Un buen ejemplo sería La vida de Adele, el director Abdellatif Kechiche apostó por la naturalidad absoluta y por no abofetear la pulsión propia del personaje.

Sin embargo, existen minutos que pasarán a la historia del absurdo. Aunque es cierto que suelen ir envueltos en películas que, penetraciones aparte, dejan mucho que desear. “No creo que estas escenas pongan en evidencia ninguna película. Salvo las que son realmente malas. Recuerdo todo el cine de Vicente Aranda, que incluía escenas de sexo como una seña de identidad. O el de Bigas Luna. Didi Hollywood, de este último, contenía escenas sexuales ridículas. Pero por el hecho de que la película era en sí ridícula”, apunta Sempere.

La escena empuja a lamentarse y a agachar la cabeza desde la música hasta el correteo por la piscina y la originalidad con que despojan a Elsa Pataki de sus trapos. Sin embargo, no siempre hay que llegar al fornicio para que el ridículo relacionado con lo tórrido se muestre en todo su esplendor. Sucede también con la exhibición física, los tiros de cámara muy centrados en resaltar torsos desnudos, las posturas extrañas que resaltan una fibra concreta que cruza el tríceps o la orientación del guion hacia situaciones en las que la camiseta sobre o se raje estratégicamente. Muchas veces, esto ha servido, incluso, para empañar el talento de ciertos actores o para que se les tomara menos en serio.

Ciertas escenas de Palmeras en la nieve demuestran estas obsesiones torácicas. “En el caso concreto del fenómeno Mario Casas es verdad que durante mucho tiempo se han recreado en lucir partes de su anatomía. Sin embargo, en la reciente Toro, de Kike Maíllo, con un estado de forma como un ídem, apenas se ve su torso en una secuencia. Otro tanto podría decir de los hermanos más erotizantes del cine actual, Aitor Luna y Yon González. Llevan varias películas sin enseñar ni un brazo, ni el cuello ni nada de nada. Y mira que tienen para lucir. Me refiero a Perdiendo el Norte, Matar el tiempo, la serie Alatriste”, precisa el crítico Antonio Sempere.

Aitor Luna y Yon González llevan varias películas sin enseñar nada.... #sísepuede

Además de en la caricatura, a veces se cae, como en Palmeras en la nieve, en el anacronismo. Físicos hercúleos como el de Mario Casas, trabajados hasta el último centímetro y que rezuman cultura fitness aparecen de pronto en épocas en las que solamente los culturistas se preocupaban por esculpir su cuerpo parte a parte.

Una historia que quiera revolcarse en el absurdo debe incluir una secuencia sin salida en la que el mundo y los elementos ejerzan de mamporreros. “Lo más socorrido es el hecho de encontrarse en un habitáculo, no necesariamente un baño o un aseo, muy ligeros de ropa”, indica Sempere. Y si el relato no lo admite, porque la cosa es que dos enamorados no se besen hasta el último minuto, pues se mete un sueño o unos minutos de sueño como en Fuga de Cerebros, donde el friki protagonista (otra vez el pobre Mario Casas) se convierte en un amante experto y de mano diestra. Lo importante es que quede un bonito tráiler.

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