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Ser puta no es fácil

Natalia Ferrari es trabajadora sexual desde hace cinco años. (Foto: Mai Oltra)

Ser trabajadora sexual no es fácil, pero seguramente no por las razones que tú estés pensando. El estigma y la violencia a la que nos enfrentamos por ser prostitutas, actrices porno o stripers es mucho peor que el trabajo sexual en sí mismo.

El 2 de junio

se recuerda a más de un centenar de prostitutas que en 1975 se encerraron en la Iglesia de Saint-Nizier, en Francia, para protestar contra la violencia policial que estaban sufriendo

En una sociedad machista que define el valor de las mujeres según su vida sexual, tener el cartel “puta” en la frente nos hace vulnerables a la violencia. Situaciones cotidianas, como conocer gente, siempre tiene implícito el riesgo de no saber cómo va a reaccionar la otra persona. Me he encontrado señores muy respetuosos que en el momento en que descubren que soy puta, cambian radicalmente su actitud y me convierten en una especie de presa accesible. Como si ser prostituta significara que quiero follar en todo momento con cualquiera. Como si ser prostituta supusiera en sí mismo una forma de consentimiento constante para que me toquen o se me insinúen sexualmente. Se ha popularizado la idea de que el trabajo sexual y las agresiones sexuales son lo mismo y bajo ningún concepto, los abusos a trabajadoras sexuales son tolerables. Ni dentro ni fuera de nuestro trabajo. A veces leo horrorizada que se habla de nosotras como cuerpos en venta, dando a entender que nuestro servicio es el acceso total y sin limitaciones a todo nuestro cuerpo. Pero pagar no da derecho a nadie a hacer lo que quiera con nosotras. Esto se entiende en cualquier trabajo, excepto cuando involucra sexo.

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Natalia Ferrari. (Foto: Caroline Says)

Cuando la madre de mi pareja se enteró cuál era mi trabajo, decidió que no podía sentarme en los sofás de su casa o usar su váter, porque según ella, existía el riesgo de que dejara enfermedades venéreas a mi paso. Con mi antigua médica de cabecera, al decir abiertamente que soy prostituta, empezó a preguntarme angustiada si tenía hijos y cuando le dije que no, me preguntó: ¿entonces por qué lo haces? Otro médico decidió poner en mi historial que tenía relaciones sexuales de riesgo cuando fui a urgencias a quitarme un condón que se me había quedado dentro de la vagina en una relación con un cliente. Aún no llego a entender por qué consideraba una “relación de riesgo” que follara usando condón. ¿El riesgo está en que soy promiscua o en que cobro? Alquilar pisos también supone problemas. La mayoría de compañeras no puede presentar contratos o nóminas, y aunque pudieran, lo más probable es que los propietarios no estén contentos con que viva una puta en su casa. Lo mismo pasa si queremos otros trabajos, hay una razón por la que nadie pone “prostituta” en su curriculum y muchas trabajadoras sexuales terminan encasilladas en distintos sectores de la misma industria. Ser puta una vez te convierte en una puta para siempre. Gravitamos todas entre mantener una doble vida o exponernos a ser discriminadas, simplemente porque cobramos por atención sexual y afectiva.

Cada vez que una compañera decide, con todos los riesgos que supone, salir en medios para hablar en primera persona de nuestro trabajo, se vuelve un target para el acoso en Internet. A veces pienso que hubiera sido mejor para mi salud mental no usar mi nombre real ni exponerme públicamente. Pero luego veo que en la actualidad la mayoría de noticias sobre prostitución son ilustradas con fotos de piernas con minifalda y tacones. Mujeres que no tienen cara, ni nombre, ni voz. Siempre hay alguien ajeno a la industria que cuenta nuestras historias desde sus prejuicios. Nunca falta algún dato falso o la presencia de la trata, como si esto fuera sinónimo de prostitución. Lo cierto es que la trata es una lacra que existe en muchas industrias, de hecho, la OIT señala que hay más víctimas de trata en la agricultura y en el trabajo doméstico, pero los esfuerzos de campañas anti-prostitución han convertido en un dogma que solo hay trata en la industria del sexo y que son la mayoría.

Tener que desentendernos constantemente de la etiqueta de víctima dificulta que podamos hablar de los problemas reales que nos encontramos las trabajadoras sexuales. Y para quienes no entramos a simple vista en el estereotipo de “víctima de trata”, cualquier cosa que digamos queda invalidada. A menudo me dicen que no debería hablar por ser cis, española, blanca y trabajar en hoteles, pero creo que no se enteran que las trans, inmigrantes que trabajan en la calle reclaman los mismos derechos. Al final, usar siempre la trata como recurso para silenciarnos, no solo nos perjudica a nosotras, tampoco ayuda en nada a las verdaderas víctimas de trata.

Multar a los clientes, el enfoque más popular en los sectores anti-prostitución, tiene como principal consecuencia ponernos en peligro. Nos empuja a trabajar en zonas menos seguras, nos convierte en más propensas a sufrir explotación laboral o agresiones por parte de posibles clientes

Y eso es solo una pequeña pizca de hasta dónde llega el estigma. El 2 de junio se recuerda a más de un centenar de prostitutas que en 1975 se encerraron en la Iglesia de Saint-Nizier, en Francia, para protestar contra la violencia policial que estaban sufriendo. Cuarenta años después, compañeras en todo el mundo siguen organizadas para luchar en contra de leyes que fomentan el acoso policial, que nos marginan, nos multan o incluso nos meten presas. Es curioso que quienes consideran la prostitución como violencia hacia las mujeres, vean efectivo aplicar violencia sobre nosotras para abolir el trabajo sexual. Existe suficiente evidencia que demuestra que multar a los clientes, el enfoque más popular en los sectores anti-prostitución, tiene como principal consecuencia ponernos en peligro. Nos empuja a trabajar en zonas menos seguras, nos convierte en más propensas a sufrir explotación laboral o agresiones por parte de posibles clientes. Para muchas mujeres que se encuentran en riesgo de exclusión social la prostitución es la única forma de salir de la pobreza. Y sí, ojalá esto no fuera así, pero no podemos negar la realidad y pedirle a las mujeres que vivan en un mundo que no existe. En lugar de convertir la única fuente de ingresos que tienen en algo inseguro, se debería invertir recursos en alternativas laborales que funcionen para quienes quieran dejar la prostitución. Aplicar normativas que violan derechos humanos no mejora en absolutamente nada la situación de las mujeres pobres. En el momento en el que nos empoderamos como trabajadoras y tenemos capacidad de negociar, sin miedo a ser agredidas o criminalizadas, los hombres pierden poder para hacernos daño. Nadie vive mejor sin derechos.

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Natalia Ferrari. (Foto: Nico Bertrand)

En 1980 se populariza el término “trabajo sexual”, acuñado por Carol Leigh, activista y prostituta. Esto supone el inicio del movimiento moderno por los derechos de las trabajadoras sexuales. Hablar de trabajo nos muestra como sujetos activos y en control de nuestra vida, y al mismo tiempo busca entender la actividad con la misma complejidad con la que se analiza cualquier otro trabajo. La sociedad nos demanda unos estándares irreales para admitir como válida nuestra decisión de ser trabajadoras sexuales. Tenemos que disfrutar de nuestro trabajo en todo momento y hacerlo por placer, pero a nadie le importa si disfrutas doblando ropa o depilando axilas. Se entiende que en un sistema capitalista, a veces aunque no tengas ganas de ir a currar y aguantar gente, tienes que hacerlo para poder salir del súper con comida y mantener una vivienda. No conozco a nadie en ninguna industria que trabaje con condiciones laborales perfectas, sin embargo las putas no podemos quejarnos de lo que no funciona en nuestro trabajo. Ni siquiera se nos permite tener herramientas para crecer profesionalmente sin que nos acusen de fomentar la explotación sexual, algo que cada año tienen que aguantar las compañeras de Aprosex cuando montan “Santas y Putas”, unos talleres que consisten en charlas y actividades entre trabajadoras sexuales para compartir conocimientos y crecer juntas. En mi columna mensual para Broadly, di consejos de seguridad básicos para alguien que quería empezar a prostituirse, cosas como cobrar al inicio de la cita o avisar a alguien a qué hora acabas y dónde estás. El primer comentario en Facebook a ese texto era: “Si fuera un trabajo de verdad no deberías tener que tomarte tantas molestias en que sea seguro”. La violencia no es inherente a la prostitución, pero el estigma y las leyes que no nos reconocen como trabajadoras son las responsables de que no podamos defendernos frente a estafas, agresiones o explotación laboral.

Deberíamos enfocarnos en que el trabajo sexual sea un trabajo seguro y el primer paso para conseguirlo es dejar de cuestionar a las trabajadoras sexuales

Hace poco un periodista me comentaba que en el medio en donde trabaja algunas personas se quejan de que quizá se esté idealizando la prostitución con el tipo de artículos que publican, donde simplemente dan voz a compañeras. Me da hasta algo de gracia pensar que alguien pueda creer que la prostitución es un trabajo idílico. No, ser puta no es fácil, pero seguimos luchando porque se reconozca que el trabajo sexual es lo que hacemos, y no lo que somos. Queremos que se acepte nuestra libertad para decidir por nuestro cuerpo. Que nadie nos anule el consentimiento o nos quite agencia. Y que se respete el derecho a tener sexo con quien queramos, por las razones que sea, bajo nuestras condiciones. Deberíamos enfocarnos en que el trabajo sexual sea un trabajo seguro y el primer paso para conseguirlo es dejar de cuestionar a las trabajadoras sexuales, escucharnos y sobre todo, acompañarnos. Porque con todos los contras, para muchas esta sigue siendo la opción laboral que mejor se ajusta a nuestra identidad e intereses.

  • Natalia Ferrari

    Natalia Ferrari

    Trabajadora sexual en Barcelona, desde hace unos cinco años. Siempre he tenido la necesidad de hacer activismo y promover ideales de progreso. Feminista pro sex, vegana, antinatalista. Escribo la columna mensual “Pregúntale a una puta” para Broadly en español.

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