‘Mommy dead and dearest’: el documental más bizarro basado en un crimen real que verás este año | eslang

‘Mommy dead and dearest’: el documental más bizarro basado en un crimen real que verás este año

Dee Dee, madre amantísima de Gipsy, una niña con discapacidad mental, movilidad reducida, asma, cáncer...

  • Una historia de sacrificio maternal y superación que degeneró en crónica negra difícil de asimilar

16 de junio de 2016, Tribunal del Condado de Greene, Missouri. Gipsy Blanchard, de 24 años, se levanta de su asiento y se declara, sin parpadear, culpable de asesinato. Esta imagen se hubiera antojado poco realista sólo un año antes, cuando la joven, entonces en teoría parapléjica y con una significativa discapacidad mental, se mostraba infantil, frágil y constantemente custodiada por su madre, tal y como mostraban las fotos y vídeos que colgaban en sus redes sociales. Fue precisamente a través del perfil que compartían madre e hija en Facebook -un detalle ya de por sí creepy- donde se desvelaron los primeros indicios de este particular ajuste de cuentas. Horas después de llevar a cabo el matricidio, se podía leer en su estado “esa puta está muerta”.

Cuando en España aún colean casos como el de los padres de Nadia o Paco Sanz, HBO estrena en todo el mundo el documental Mommy dead and dearest, dirigido por la estadounidense Erin Lee Carr, adiestrada en las filas de VICE y autora de otros títulos de éxito como Thought Crimes: The Case of the Cannibal Cop, también producido por el canal de cable americano. Sin embargo, aquí la estafa mediática es sólo un efecto colateral de un trastorno mental. La historia narra cómo una madre separada achaca enfermedades ficticias a su hija y cómo la somete a todo tipo de tratamientos médicos absolutamente innecesarios. Pero un día la chica se cansa y decide matarla con la ayuda de su novio, que también trae de fábrica claros síntomas de psicopatía.

Este órdago plantea dos claros interrogantes que sirven para hilvanar el relato. En primer lugar, ¿cómo logró ocultar Claudine “Dee Dee” Blanchard (madre) esta mentira durante tanto tiempo?¿Hasta qué punto fue tan tortuoso el abuso y la manipulación a la menor como para que los tribunales de Missouri abandonaran su implacable praxis y sólo la condenaran a diez años de cárcel frente a la habitual pena de muerte por delitos de homicidio? La respuesta viene de la mano del testimonio de la propia protagonista desde prisión, de fragmentos de vídeo de los interrogatorios a los dos acusados, y de las valiosas entrevistas al entorno más cercano de las Blanchard, especialmente de la familia paterna. Un grotesco y exhaustivo viaje para comprender, en definitiva, las motivaciones de “la buena” de Gipsy.

El sindrome de Munchausen: el cazador cazado

Desde los primeros años de vida de su hija, Dee Dee Blanchard comienza a atribuirle infundadamente un rosario de enfermedades como asma, epilepsia, distrofia muscular, leucemia y discapacidad mental. Hasta aquí, “todo en orden”. La vuelta de tuerca de esta historia se produce cuando se descubre que no se trata únicamente de una mentira fraudulenta con la que, de paso, hacer caja. Los cuidados y las atenciones de la madre reflejan un denuedo y un hiperrealismo más propios de las aficionadas más puristas a los muñecos reborn: la frágil Gipsy se ha pasado prácticamente toda su vida postrada involuntariamente a una silla de ruedas; ha sido obligada a utilizar una máquina de respiración asistida por las noches; e incluso ha tenido que utilizar una sonda alimentaria que, según el testimonio de la propia víctima, era de lo más doloroso, pues debía cambiarse la prótesis cada seis meses y sin anestesia. En resumen, manipulada desde antes incluso de tener uso de razón.

Así, por ejemplo, la realización muestra un plano del interior de un armario de la casa infestado de medicamentos que nos devuelve la imagen de una suerte de alquimista pasada de rosca que ha alimentado a base de químicos a una persona que considera su creación y que, de nuevo, nos recuerda a otros relatos de ficción, como ese padre de familia de Leolo (Jean-Claude Lauzon, 1992) que administraba religiosamente a todos sus hijos laxantes después de cada comida (como quien espera para tomar la comunión) para posteriormente confirmar ocularmente y sobre el papel (de váter) que habían rematado la faena.

¿Acaso nadie, siquiera los médicos, destaparon esta farsa? Durante sus cientos de visitas documentadas a centros hospitalarios, e incluso con varias cirugías practicadas sin ningún tipo de fundamento, sólo un neurólogo reconoció ciertas contradicciones en el caso de la menor. Ambas mimaban milimétricamente cada detalle de estos peregrinajes (la niña-adolescente, siempre rapada y clavada a su silla de ruedas con un peluche en su regazo, era advertida taxativamente de no hablar ni mover ninguna de sus piernas), pero tras un examen facultativo, el médico diagnosticó -en este caso a la madre- el llamado síndrome de Munchausen por poderes. Según los manuales de psiquiatría, los padres simulan o provocan enfermedades a sus hijos porque esto les procura satisfacción emocional. Sin embargo, este trastorno no está reñido con la astucia, pues en su afán por no ser pillada con el carrito del helado, Blanchard madre se ocupó se recabar todos los historiales clínicos de la niña para salvaguardar su relato, incluido el de este médico y que -literalmente- destruyó. En la práctica, cualquier resquicio de duda a los ojos de sus benefactores habría puesto en peligro la orquestada trama.

Una historia de amor y venganza

El malsano encanto de la historia alcanza su cénit cuando Gypsi encontró a Nick. La pareja, que podría haber salido perfectamente de cualquiera de los repartos corales de Todd Solonz (Happiness, Palíndromos), se conoce a través de una web cristiana de contactos mientras Dee Dee duerme por las noches.

GIPSY 3

Como dios los cría y ellos se juntan, Nicholas Godejohn se revela como una persona con un pasado ciertamente turbio y le confiesa que, amén de su afición al bondage, padece un trastorno de personalidad múltiple. Ella, de una (ya testada) entrega, accede a satisfacer virtualmente sus caprichos y además del papel que su progenitora le obliga a interpretar, se crea -ya puestos- nueve personalidades inéditas para cada uno de los diferentes Nicholas; cada una de ellas con su outfit y su peluca a juego (recordemos que está rapada al cero).

A esas alturas, el despertar sexual de “la pequeña” Gipsy es ya una realidad y decide entablar una relación seria con él, a quien confiesa por primera vez la tortura a la que está sometida y quien, decididamente, toma cartas en el asunto y le ayuda a acabar con la vida de Dee Dee para escapar de su control y vivir libremente -o así lo creen ellos- su historia de amor.

Gipsy conoce a su novio por Internet. Él resulta tener un trastorno de personalidad múltiple y una afición al bdsm que la joven no acaba de asimilar

En este punto, la dirección a cargo Carr remata perfectamente el retrato robot de la protagonista a partir de la versión de los hechos en primera persona. Con su voz aún cándida, afectada y cincelada a golpe de incontables ensayos, la víctima-verdugo reclama indirectamente al espectador que empatice con ella y le arroja algo de luz para desenmarañar este intrincado mapa de abusos e intereses velados; todo un cuadro flamenco que tanto abogados como magistrados acertarán en llamar “atenuantes” y que representan el salvoconducto para que la joven, frente a todo pronóstico y en contra de lo que prevén las leyes estatales, no sea castigada severamente. Sobre la suerte que correrá su expareja Nicholas Godejohn, en las próximas semanas deberá conocerse el veredicto de los tribunales.

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