Cultura Popular

‘En la playa de Chesil’: Lo que una historia de 1962 nos dice sobre el consentimiento en 2018

¡Atención! En este artículo hay spoilers del libro y de la peli:

· 'En la playa de Chesil' nos traslada a los 60 para narrarnos la historia de una pareja de recién casados

· Resulta especialmente oportuna en nuestro tiempo, ya que abunda en el debate del consentimiento

¡Atención! En este artículo hay spoilers del libro y de la peli:

· 'En la playa de Chesil' nos traslada a los 60 para narrarnos la historia de una pareja de recién casados

· Resulta especialmente oportuna en nuestro tiempo, ya que abunda en el debate del consentimiento

Este artículo contiene spoilers del libro y la película.

La tres veces nominada al Oscar Saoirse Ronan (Brooklyn, Lady Bird) protagoniza junto a Billy Howle (Dunkerque) la película En la playa de Chesil, dirigida por Dominic Cooke (The Hollow Crown). Se trata de la adaptación de la novela homónima de Ian McEwan, autor de Expiación. Más allá de la pasión, el filme por el que la laureada y precoz actriz irlandesa recibió su primera nominación a los 13 años. La historia nos traslada a la década de los 60 para narrarnos el precioso y triste amor de una pareja de recién casados que vive su noche de bodas en un hotel junto a Chesil Beach, una experiencia que cambiará sus vidas para siempre.

Inglaterra, 1962. Florence (Ronan) y Edward (Howle) son dos jóvenes británicos de procedencias opuestas. Ella es de clase media alta y toca el violín, él es de clase obrera y escucha a Chuck Berry. Los dos se enamoran, se complementan y se completan, por lo que deciden casarse. El amor que sienten es real y ambos quieren pasar el resto de sus vidas juntos, pero Florence está muy nerviosa ante la idea de su primera noche en la cama con Edward. La sociedad de la época y su amor por Edward le dicen una cosa, por lo que está convencida de tener que dar el paso, pero en realidad ella no está preparada para hacerlo.

En la playa de Chesil alterna escenas de la noche de bodas de Florence y Edward con flashbacks que muestran cómo los protagonistas se enamoraron, ofreciendo detalles muy significativos para poner en contexto la situación de una noche que se va transformando poco a poco en una experiencia traumática y transformadora para ambos. En las escenas del pasado, observamos cómo las circunstancias a su alrededor definen su esencia como personas y marcan sus comportamientos en el ámbito de la intimidad, indicando al espectador que ambos se encuentran en fases distintas en lo que se refiere al sexo.

Los actuales movimientos Me Too y Time’s Up son el reflejo de una sociedad en transformación en la que las mujeres están alzando la voz al unísono y se está cambiando la conversación sobre la desigualdad de género y el acoso sexual. En este sentido, En la playa de Chesil resulta especialmente relevante y pertinente a nuestro tiempo, a pesar de transcurrir en los 60, puesto que plantea entre otros temas el debate del consentimiento. La historia de Florence y Edward es muy distinta a aquella infame cita de Aziz Ansari que resultó en una acusación de abuso hacia el cómico y actor, principalmente porque en la década de los 60 apenas existía la educación sexual, pero igualmente nos sirve para hablar de las reglas implícitas que deben existir en la intimidad.

Los flashbacks de En la playa de Chesil establecen claramente la naturaleza de la relación. Los dos son jóvenes, vírgenes, se enamoran de verdad, desean vivir juntos y formar una familia. El cortejo y el noviazgo son perfectamente románticos e idílicos. Pero en la noche de bodas, Florence no está lista para practicar el acto sexual. También en las escenas del pasado podemos ver cómo la joven está crecientemente nerviosa ante la perspectiva de acostarse con un hombre (le retira la mano a Edward en un cine lleno de parejas con la libido desatada) y horrorizada por la idea de la penetración (“Las mujeres son como puertas, el hombre puede entrar en ellas”, lee en un libro sobre sexo). En la noche en cuestión, ella da claras y constantes evasivas, procedentes de esas dudas que se han sembrado a lo largo de la relación, y que tienen raíz en el pasado: un breve flashback nos da a entender que sufrió abusos de pequeña por parte de su padre. Edward, ajeno a esta crucial información, se muestra comprensivo al principio, pero pierde la paciencia a medida que pasa el tiempo y Florence mantiene en pie la barrera que hay entre ellos.

Durante las escenas en el hotel se establece un claro ejemplo de falta de comunicación y de percepción por parte del hombre que nos invita a reflexionar sobre el poder y la función de las palabras en el contexto sexual. Es crucial no solo escuchar a tu pareja, sino también leer entre líneas e interpretar su lenguaje corporal. Porque “no es no”, pero que no haya un “sí” también puede serlo, y a veces incluso un “sí” puede querer decir “no”, como en el caso de Florence. Ella le dice a Edward que está bien en repetidas ocasiones, le da permiso, consentimiento verbal para seguir avanzando sexualmente. Sin embargo, su cuerpo no está diciendo lo mismo. Florence rehuye, yace rígida en la cama y apenas abre la boca durante los besos, retrasa constantemente el coito alargando la conversación, le dice que no está cómoda y que tiene miedo, varios planos detalle de sus manos y piernas subrayan que está nerviosa, y cuando por fin llega el momento, se muestra completamente repugnada.

Que Florence diga que sí, aunque su cuerpo esté diciendo que no, tiene origen en un cúmulo de circunstancias: las expectativas de la noche de bodas, su educación, la represión y sexismo de la sociedad de los 60 y, principalmente, su traumático pasado. Ella está convencida de que debe cumplir con su “deber”, incluso se siente culpable (“Tú siempre estás avanzando y yo retrocediendo, todo es mi culpa”) y se disculpa constantemente por ello. Él debería haber leído las señales, pero en su lugar, la impaciencia se torna en brusquedad, y culmina en el insulto y la humillación cuando ella le confiesa creer no necesitar el sexo y le propone un matrimonio abierto para que él satisfaga sus necesidades con otras mujeres. Edward la acusa de “estirada”, de ser un “fraude”, la insulta llamándola “zorra” y finalmente “frígida”. Su matrimonio termina apenas seis horas después de haber empezado.

Quince años después, Edward descubre que Florence se volvió a casar y tiene varios hijos. Es entonces cuando comprende que su ex mujer no era el problema, y que los obstáculos se podrían haber sorteado prestando atención y aprendiendo a escuchar. Florence había vivido una experiencia horrible en el pasado y estaba intentando comunicarle sus sentimientos, sus miedos, pero la impaciencia por consumar el sexo llevó a Edward a manifestar el comportamiento de un agresor. El muro entre ambos no lo había levantado solo ella, sino también él. La epifanía llega tarde, pero no por ello la lección es menos valiosa.

Con esta triste conclusión, En la playa de Chesil nos habla de la importancia de escuchar a la pareja y no presionar. Los tiempos han cambiado, pero el problema sigue existiendo. La línea que separa el consentimiento del abuso es muy delgada, y aunque no sea exactamente el caso de esta historia, la violación dentro de la pareja estable o el matrimonio existe. En la época de Florence y Edward, tener una conversación sobre las dificultades del sexo era prácticamente imposible. Pero hoy no. Es necesario que hablemos sobre estos temas, y que eduquemos en el respeto, la igualdad y la comprensión para evitar que en el siglo XXI siga ocurriendo.

  • Pedro J. García

    Por Pedro J. García

    Traductor e investigador de lo audiovisual. Me dejo la vista, la espalda y el corazón devorando cultura popular y escribiendo sobre ella.

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